ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“La carreta"
Transmitido: jueves 13 de mayo de 2010
Hace un par de semanas se estrenó en los cines de la ciudad la película “El último camino” (The Road) del director australiano John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen, Charlezie Theron, Robert Duvall y el niño Kodi Smith-McPhee. La cinta está basada en la novela La carretera, del escritor norteamericano Cormac McCarthy, publicada originalmente en inglés en el año de 2006 (hay versión en español: Cormac McCarthy, La carretera, Random House-Mondadori/Ediciones Debolsillo, México, 2009, 210 págs.). McCarthy, como tal vez algunos recuerden, fue también el autor del libro No Country for Old Man, que inspiró la filmación de la película “Sin lugar para los débiles”, del 2008, de un amplio reconocimiento entre la crítica y el público en general.
El argumento central de “El último camino” es el miedo. Ese es el motor que activa la búsqueda por la supervivencia de un hombre y su hijo en un mundo que, literalmente, se derrumba, explota en llamas, se hunde. Con un principio y un final inciertos, el relato que sostiene la película es simple y desgarrador: la lucha diaria de un hombre por proteger a su hijo de la violencia y el canibalismo, que trasladan en unos pocos años a la civilización del siglo XXI al estado de barbarie del principio de los tiempos.
Con la música bella y lúgubre de Nick Cave –el estupendo rockero australiano, paisano y amigo de Hillcoat-, la cinta es una colección de imágenes grisáceas, que reflejan un mundo frío marcado por el humo, la niebla y las cenizas. Marcado dolorosamente por las pérdidas –en primer lugar, por la de la valiente esposa y madre de los protagonistas, representada por Theron, quien decide suicidarse antes que permanecer condenada a una vida de penurias y temores-, la vida del padre y el hijo transcurre por una ruta –una carretera- que conduce al sur, el lugar que consideran más seguro en el imparable proceso de descomposición de la naturaleza y la sociedad que conocieron en un pasado reciente. Los restos de la civilización estallan frente a sus ojos a lo largo del camino, que recorren en busca de algo de comida y protección. Lo que encuentran como paisaje inevitable es la muerte, representada por cuerpos que cuelgan del techo de casa abandonadas, cadáveres esparcidos por los otrora jardines verdísimos, cuerpos desmembrados y devorados por las hordas de caníbales que recorren ciudades y granjas.
Acosado por el miedo y el hambre, el padre intenta reconstruir en su pequeño hijo el mapa de sentimientos, valores y afectos que conoció en el pasado anterior a la catástrofe. Se aferra a la tarea de transmitir en el hijo la esperanza que las cosas pueden ser mejores si se mantiene en el bando de los buenos, los no asesinos, los no depredadores. Inculca todo el tiempo al muchacho la idea de la supervivencia, de desconfiar en los extraños (generalmente “los malos”), esperando que en algún momento pueda encontrar al grupo de los buenos. Se trata de una lucha cotidiana contra la incertidumbre y la adversidad, con el riesgo siempre presente del aniquilamiento, con la meta básica de sobrevivir sólo un día más. Demolida cualquier certeza sobre la bondad de los hombres, o sobre la infinita sabiduría de un Dios cruel y asesino, el padre descubre en su hijo al dios verdadero, el último reducto de afecto y sentido de futuro que puede sobrevivir a un tiempo de ladrones, canallas y homicidas. Como escribe McCarthy al describir una de las escenas: ”Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. El aplastante vació negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo”. (La carretera, págs..99-100)
El último camino es la representación visual y dramática de una novela compleja, profunda e inquietante. Ya se sabe: transmitir a imágenes las representaciones que evoca una novela es una tarea difícil. Y aunque el libro, en este caso, es mejor que la película, el esfuerzo que hace el director por trasladar el argumento textual a la película resulta un decoroso ejercicio de presentación de una historia de supervivencia fraguada en un contexto maldito, hostil y asesino.
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jueves, 13 de mayo de 2010
jueves, 15 de abril de 2010
ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“Ciudadanización"
Transmitido: 15 abril 2010
La palabra comenzó a utilizarse desde hace tiempo y pronto no sólo se puso de moda, sino que llegó para quedarse un largo rato. Nos llegó ruidosamente con los vientos de la democratización, la santificación de la sociedad civil y el lenguaje de la rendición de cuentas, la responsabilidad pública, la desconfianza en los partidos políticos, en los funcionarios, en el gobierno. Como suele ocurrir en el lenguaje público de los tiempos de cambio, nunca se especificó que significaba exactamente el término ciudadanizar, pero el concepto evocaba algo así como la purificación de la política, la despartidización de las instituciones, la despolitización de las decisiones públicas, cosas de ese tipo.
Hoy, el terminajo se sigue utilizando con la misma vaguedad con la que se empezó a utilizar hace ya más de 20 años. Se insiste en que la ciudadanización es una buena fórmula para eliminar la corrupción, mejorar los gobiernos, procurar buenos servicios públicos, acabar con el cinismo y la hipocresía de los políticos profesionales y de sus partidos y organizaciones. Es más: se citan y documentan experiencias exitosas de ciudadanización, se argumenta que las sociedades donde los ciudadanos participan más se elevan significativamente los niveles de desarrollo económico y social, se incrementa la confianza y la cohesión, los más entusiasmados aseguran que lleva incluso a la felicidad de individuos y comunidades.
Este discurso es seductor, para muchos fascinante, pues, ofrece la posibilidad de enfrentar con ojos frescos, quizá incluso con sangre nueva, los problemas que aquejan a una sociedad que se observa devastada por la corrupción, la politización, la partidización de los asuntos públicos, la ausencia de una moral pública correcta, lo que eso signifique.
Sin embargo, la cruzada ciudadanizadora está poblada por mitos y leyendas que conforman la sabiduría convencional que expresan casi siempre en tono de denuncia y acusaciones los activistas social-civilistas más radicales. Como todas las sabidurías convencionales, están hechas de pedazos de teorías sociales más o menos populares, voluntarismo a toda prueba, e ingenuidades y tonterías de muy diverso calibre. Enumero algunas de ellas:
-Los ciudadanos son mejores que los políticos para resolver problemas públicos. Primero habría que preguntarse qué ciudadanos tenemos y cómo los imaginamos. Y lo que tenemos no es de entusiasmar mucho a nadie. Como en todos lados, son pragmáticos, individualistas, oportunistas o solidarios a veces, desconfiados casi siempre, de participación política confusa, muy desiguales en términos de ingreso económico y escolaridad, de prácticas contradictorias, de convicciones políticas cambiantes o ausentes, según sea el momento y la ocasión. Los que imaginamos –mejor dicho, los que imaginan nuestras elites intelectuales, religiosas, políticas o empresariales- son todo lo que no tenemos: ciudadanos interesados en la cosa pública, informados, participativos, productivos, honorables, de ética republicana a toda prueba, de moral sólida habitada por valores absolutos y certezas democráticas. Esos ciudadanos imaginarios de la república imposible están en el centro del discurso socialcivilista actual.
-Los partidos pervierten la política. La vida en sociedad es, ya se sabe, intrínsecamente conflictiva. Para reducir la conflictividad se construyen leyes, instituciones y organizaciones que permitan representar la voluntad de los ciudadanos, y los partidos son algunas de esos dispositivos (junto con los sindicatos, las federaciones, los gremios, los colegios de profesionales, los clubes de futbol, las asociaciones de padres de familia o las de vecinos de una colonia). La política requiere de partidos y ciudadanos, en la que aquellos pueden representar a segmentos específicos de estos, y los ciudadanos pueden participar o no, elegir o no, de entre ese puñado de partidos políticos. La idea de que los partidos distorsionan la política y la democracia es muy antigua, pero es igualmente añeja la evidencia de que las democracias no pueden existir sin partidos políticos, aunque los partidos puedan existir sin democracias.
-La democracia verdadera puede funcionar sin partidos políticos. Esta afirmación es parte de las leyendas urbanas políticas de hoy y de aquí. Supone algo así como esquemas de democracias plebiscitarias, directas, basadas en la movilización cívica masiva, capaz de discutir todos los asuntos todo el tiempo posible. Toda forma de intermediación entre los ciudadanos y las decisiones públicas es vista como una distorsión o una franca perversión de la voluntad popular. Esos ejemplos los vemos en las visiones de las “democracias desde abajo” (así le dicen sus promotores más aguerridos), esquemas horizontales de toma de decisiones, esencia popular de las mismas, recursos de organización y de supervisión de racionalidad absoluta, instituciones habitadas no por burócratas ni funcionarios ni políticos profesionales sino por ciudadanos de la calle.
-Las instituciones deben ser operadas por los ciudadanos. Hoy se exige en diversos tonos la propuesta de “ciudadanizar instituciones”. Bajo el título taquillero del “empoderamiento” de los ciudadanos, se piden procuradores ciudadanos, contralores ciudadanos, auditores ciudadanos, síndicos ciudadanos. La iniciativa presidencial de reforma política del Presidente Calderón se monta en esta ola ciudadanizadora en varios de sus pasajes. Bien vista, esta ola intenta des-institucionalizar a nuestras instituciones, para transformarlas en otras, en la que los burócratas y los políticos sean sustituidos por ciudadanos virtuosos, es decir, imaginarios. ¿Dónde hemos oído esta música?.
En el confuso clima intelectual y política de nuestra época, esas voces y susurros configuran los sonidos de los medios y a veces de la calle. Parafraseando a una vieja rola de Ten Years After -con la guitarra de Alvin Lee, por supuesto-, los nuevos cruzados creen que la ciudadanización, como el amor, puede cambiar al mundo. Que San Joe Cocker nos agarre confesados.
Sección: Estación de Paso
“Ciudadanización"
Transmitido: 15 abril 2010
La palabra comenzó a utilizarse desde hace tiempo y pronto no sólo se puso de moda, sino que llegó para quedarse un largo rato. Nos llegó ruidosamente con los vientos de la democratización, la santificación de la sociedad civil y el lenguaje de la rendición de cuentas, la responsabilidad pública, la desconfianza en los partidos políticos, en los funcionarios, en el gobierno. Como suele ocurrir en el lenguaje público de los tiempos de cambio, nunca se especificó que significaba exactamente el término ciudadanizar, pero el concepto evocaba algo así como la purificación de la política, la despartidización de las instituciones, la despolitización de las decisiones públicas, cosas de ese tipo.
Hoy, el terminajo se sigue utilizando con la misma vaguedad con la que se empezó a utilizar hace ya más de 20 años. Se insiste en que la ciudadanización es una buena fórmula para eliminar la corrupción, mejorar los gobiernos, procurar buenos servicios públicos, acabar con el cinismo y la hipocresía de los políticos profesionales y de sus partidos y organizaciones. Es más: se citan y documentan experiencias exitosas de ciudadanización, se argumenta que las sociedades donde los ciudadanos participan más se elevan significativamente los niveles de desarrollo económico y social, se incrementa la confianza y la cohesión, los más entusiasmados aseguran que lleva incluso a la felicidad de individuos y comunidades.
Este discurso es seductor, para muchos fascinante, pues, ofrece la posibilidad de enfrentar con ojos frescos, quizá incluso con sangre nueva, los problemas que aquejan a una sociedad que se observa devastada por la corrupción, la politización, la partidización de los asuntos públicos, la ausencia de una moral pública correcta, lo que eso signifique.
Sin embargo, la cruzada ciudadanizadora está poblada por mitos y leyendas que conforman la sabiduría convencional que expresan casi siempre en tono de denuncia y acusaciones los activistas social-civilistas más radicales. Como todas las sabidurías convencionales, están hechas de pedazos de teorías sociales más o menos populares, voluntarismo a toda prueba, e ingenuidades y tonterías de muy diverso calibre. Enumero algunas de ellas:
-Los ciudadanos son mejores que los políticos para resolver problemas públicos. Primero habría que preguntarse qué ciudadanos tenemos y cómo los imaginamos. Y lo que tenemos no es de entusiasmar mucho a nadie. Como en todos lados, son pragmáticos, individualistas, oportunistas o solidarios a veces, desconfiados casi siempre, de participación política confusa, muy desiguales en términos de ingreso económico y escolaridad, de prácticas contradictorias, de convicciones políticas cambiantes o ausentes, según sea el momento y la ocasión. Los que imaginamos –mejor dicho, los que imaginan nuestras elites intelectuales, religiosas, políticas o empresariales- son todo lo que no tenemos: ciudadanos interesados en la cosa pública, informados, participativos, productivos, honorables, de ética republicana a toda prueba, de moral sólida habitada por valores absolutos y certezas democráticas. Esos ciudadanos imaginarios de la república imposible están en el centro del discurso socialcivilista actual.
-Los partidos pervierten la política. La vida en sociedad es, ya se sabe, intrínsecamente conflictiva. Para reducir la conflictividad se construyen leyes, instituciones y organizaciones que permitan representar la voluntad de los ciudadanos, y los partidos son algunas de esos dispositivos (junto con los sindicatos, las federaciones, los gremios, los colegios de profesionales, los clubes de futbol, las asociaciones de padres de familia o las de vecinos de una colonia). La política requiere de partidos y ciudadanos, en la que aquellos pueden representar a segmentos específicos de estos, y los ciudadanos pueden participar o no, elegir o no, de entre ese puñado de partidos políticos. La idea de que los partidos distorsionan la política y la democracia es muy antigua, pero es igualmente añeja la evidencia de que las democracias no pueden existir sin partidos políticos, aunque los partidos puedan existir sin democracias.
-La democracia verdadera puede funcionar sin partidos políticos. Esta afirmación es parte de las leyendas urbanas políticas de hoy y de aquí. Supone algo así como esquemas de democracias plebiscitarias, directas, basadas en la movilización cívica masiva, capaz de discutir todos los asuntos todo el tiempo posible. Toda forma de intermediación entre los ciudadanos y las decisiones públicas es vista como una distorsión o una franca perversión de la voluntad popular. Esos ejemplos los vemos en las visiones de las “democracias desde abajo” (así le dicen sus promotores más aguerridos), esquemas horizontales de toma de decisiones, esencia popular de las mismas, recursos de organización y de supervisión de racionalidad absoluta, instituciones habitadas no por burócratas ni funcionarios ni políticos profesionales sino por ciudadanos de la calle.
-Las instituciones deben ser operadas por los ciudadanos. Hoy se exige en diversos tonos la propuesta de “ciudadanizar instituciones”. Bajo el título taquillero del “empoderamiento” de los ciudadanos, se piden procuradores ciudadanos, contralores ciudadanos, auditores ciudadanos, síndicos ciudadanos. La iniciativa presidencial de reforma política del Presidente Calderón se monta en esta ola ciudadanizadora en varios de sus pasajes. Bien vista, esta ola intenta des-institucionalizar a nuestras instituciones, para transformarlas en otras, en la que los burócratas y los políticos sean sustituidos por ciudadanos virtuosos, es decir, imaginarios. ¿Dónde hemos oído esta música?.
En el confuso clima intelectual y política de nuestra época, esas voces y susurros configuran los sonidos de los medios y a veces de la calle. Parafraseando a una vieja rola de Ten Years After -con la guitarra de Alvin Lee, por supuesto-, los nuevos cruzados creen que la ciudadanización, como el amor, puede cambiar al mundo. Que San Joe Cocker nos agarre confesados.
miércoles, 3 de febrero de 2010
ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“La solidez del pasado"
Transmitido: 21 enero 2010
Señales de humo, Radio U. de G., 21 de enero de 2009.
Ahora que aún están frescos los rituales, festejos y lamentos del año viejo y del nuevo año, el paisaje del presente estalla con toda la fuerza de las grandes expectativas, las incómodas incertidumbres y las nuevas decepciones. Los pendientes del pasado se acumulan desordenadamente en la gran mesa circular del presente, mientras que las ilusiones de siempre habitan la imaginación sobre el futuro. Las intenciones, los deseos, la memoria y los mitos, ordenan de manera extraña los rituales del presente, colocando en perspectiva las prácticas individuales y colectivas de todos los días.
En estos días particularmente fríos del invierno tapatío, el nuevo año trae de regreso las olas del pasado a las playas rocosas y los acantilados de la vida pública. Como en Palomar, el clásico relato de Italo Calvino, el secreto para los observadores es tratar de aprehender la singularidad de cada ola en cada movimiento de un mar embravecido, confiando en que se tendrá la perseverancia y la paciencia necesarias para identificar cuando una ola se desprende de las demás, como es distinta cada una de ellas, que nuevos elementos arrojará a nuestras playas, como se confundirá la ola contra la resaca que inevitablemente le sigue. La contemplación es un ejercicio de solitarios, mal vista por los hombres y mujeres de acción, y que goza de una pésima reputación para quienes la vida se trata de transformar la realidad y no de interpretarla, como señalaba el viejo Marx en sus más o menos conocidas y quizá hoy olvidadas tesis sobre Feurbach.
La vida pública supone no solamente la observación de las rutinas y pleitos de las multitudes a las que todos más o menos pertenecemos, sino que consiste también en mirar “los grandes espacios que hay al lado” , como aconseja con lucidez Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. Ese ejercicio de contemplación de los espacios vacíos supone de alguna manera renunciar a la posibilidad de intervenir en el curso de los acontecimientos, de frenar las ansias de levantar la voz para denunciar lo que sea, de mirar los hechos como cosas que guardan alguna posible conexión lógica.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre este año con la celebración del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana. Como era de esperarse, el ritual oficial es obligatorio, tal vez necesario, pero en cualquier caso es inevitable. Todos, o casi todos, coinciden en la importancia de los números redondos, de la oportunidad de reafirmar la identidad nacional, de la posibilidad de un balance que nos proyecte hacia los próximos 100, 500 o mil años, cosas así. El Presidente ha lanzado su mensaje de año nuevo colocando en el centro la importancia de las fechas y los hechos, la relevancia de las fiestas que vienen, los llamados patrióticos, las loas a los símbolos y héroes nacionales. Banderas tricolores, grandes discursos de ocasión, reuniones de historiadores y académicos, libros, programas de televisión, publicación de números especiales de revistas prestigiadas desfilarán en estos meses, y en algún momento de septiembre y de noviembre las plazas hervirán de multitudes, se lanzarán fuegos artificiales, se tocará el himno nacional, se llenará el aire del perfume oloroso del patrotismo epidérmico, del entusiasmo nacional, del recuerdo y homenaje de nuestras efemérides locales. El santoral laico estallará en mil colores, y el manto sagrado del nacionalismo extenderá su sombra sobre el territorio y sus pobladores.
Todo ello, insisto, es inevitable. Forma parte de los rituales que fortalecen la sensación de solidez del pasado mexicano. Pero se suele olvidar que lo que se celebra es el presente, no el pasado. Entre el griterío y la solemnidad de la ocasión, lo que se está presenciando es un acto que legitima el presente apelando a las emociones de un pasado que son muchos, y que no significa exactamente lo mismo para todos. La solidez del pasado se vuelve frágil cuando se le rasca un poco, es un pasado de arena. Pero eso, bien visto, no importa. Entre la fiesta y el espectáculo que se avecina, quizá sea preferible colocarse discretamente en los espacios vacíos, para decirlo en la psicología verbal de Pessoa, el modesto auxiliar de contador, que escribió sus impresiones y poemas discretamente en la soledad de alguna casa de la “Calle de los Doradores”, en la hermosa Baixa de Lisboa.
Sección: Estación de Paso
“La solidez del pasado"
Transmitido: 21 enero 2010
Señales de humo, Radio U. de G., 21 de enero de 2009.
Ahora que aún están frescos los rituales, festejos y lamentos del año viejo y del nuevo año, el paisaje del presente estalla con toda la fuerza de las grandes expectativas, las incómodas incertidumbres y las nuevas decepciones. Los pendientes del pasado se acumulan desordenadamente en la gran mesa circular del presente, mientras que las ilusiones de siempre habitan la imaginación sobre el futuro. Las intenciones, los deseos, la memoria y los mitos, ordenan de manera extraña los rituales del presente, colocando en perspectiva las prácticas individuales y colectivas de todos los días.
En estos días particularmente fríos del invierno tapatío, el nuevo año trae de regreso las olas del pasado a las playas rocosas y los acantilados de la vida pública. Como en Palomar, el clásico relato de Italo Calvino, el secreto para los observadores es tratar de aprehender la singularidad de cada ola en cada movimiento de un mar embravecido, confiando en que se tendrá la perseverancia y la paciencia necesarias para identificar cuando una ola se desprende de las demás, como es distinta cada una de ellas, que nuevos elementos arrojará a nuestras playas, como se confundirá la ola contra la resaca que inevitablemente le sigue. La contemplación es un ejercicio de solitarios, mal vista por los hombres y mujeres de acción, y que goza de una pésima reputación para quienes la vida se trata de transformar la realidad y no de interpretarla, como señalaba el viejo Marx en sus más o menos conocidas y quizá hoy olvidadas tesis sobre Feurbach.
La vida pública supone no solamente la observación de las rutinas y pleitos de las multitudes a las que todos más o menos pertenecemos, sino que consiste también en mirar “los grandes espacios que hay al lado” , como aconseja con lucidez Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. Ese ejercicio de contemplación de los espacios vacíos supone de alguna manera renunciar a la posibilidad de intervenir en el curso de los acontecimientos, de frenar las ansias de levantar la voz para denunciar lo que sea, de mirar los hechos como cosas que guardan alguna posible conexión lógica.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre este año con la celebración del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana. Como era de esperarse, el ritual oficial es obligatorio, tal vez necesario, pero en cualquier caso es inevitable. Todos, o casi todos, coinciden en la importancia de los números redondos, de la oportunidad de reafirmar la identidad nacional, de la posibilidad de un balance que nos proyecte hacia los próximos 100, 500 o mil años, cosas así. El Presidente ha lanzado su mensaje de año nuevo colocando en el centro la importancia de las fechas y los hechos, la relevancia de las fiestas que vienen, los llamados patrióticos, las loas a los símbolos y héroes nacionales. Banderas tricolores, grandes discursos de ocasión, reuniones de historiadores y académicos, libros, programas de televisión, publicación de números especiales de revistas prestigiadas desfilarán en estos meses, y en algún momento de septiembre y de noviembre las plazas hervirán de multitudes, se lanzarán fuegos artificiales, se tocará el himno nacional, se llenará el aire del perfume oloroso del patrotismo epidérmico, del entusiasmo nacional, del recuerdo y homenaje de nuestras efemérides locales. El santoral laico estallará en mil colores, y el manto sagrado del nacionalismo extenderá su sombra sobre el territorio y sus pobladores.
Todo ello, insisto, es inevitable. Forma parte de los rituales que fortalecen la sensación de solidez del pasado mexicano. Pero se suele olvidar que lo que se celebra es el presente, no el pasado. Entre el griterío y la solemnidad de la ocasión, lo que se está presenciando es un acto que legitima el presente apelando a las emociones de un pasado que son muchos, y que no significa exactamente lo mismo para todos. La solidez del pasado se vuelve frágil cuando se le rasca un poco, es un pasado de arena. Pero eso, bien visto, no importa. Entre la fiesta y el espectáculo que se avecina, quizá sea preferible colocarse discretamente en los espacios vacíos, para decirlo en la psicología verbal de Pessoa, el modesto auxiliar de contador, que escribió sus impresiones y poemas discretamente en la soledad de alguna casa de la “Calle de los Doradores”, en la hermosa Baixa de Lisboa.
ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“La urna y la vida"
25 junio 2009
Me arriesgo a comentar en esta nota un tema que, sospecho, no es popular ni goza de demasiada estima entre los radioescuchas: el de las elecciones. La buena noticia es que la próxima semana terminarán por fin los procesos electorales y se sabrá cómo se resolverán los equilibrios políticos para los próximos tres años. Pero no voy a hablar aquí de los problemas de representación política, de la calidad de lo que hemos visto ni de especular en torno a los significados de las elecciones, de los electores y de los posibles elegidos. Me voy a concentrar en conversar con ustedes en torno a algunas cosas de lo que probablemente ocurrirá el día 5 de julio, entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde, es decir, lo que puede ocurrir en la jornada electoral, en la que casi un millón de ciudadanos en todo el país participarán como funcionarios de casilla o representantes de los partidos políticos en cada mesa electoral . Y para ello voy a apoyarme en lo que escribió hace casi medio siglo el célebre escritor Italo Calvino en La jornada de un escrutador (1963), un relato basado en las observaciones de un participante en el transcurso de unas elecciones locales en su país, Italia. Es un relato crudo que, en palabras del propio Calvino, le significó diez años de trabajo, muchas noches de insomnio, y varios meses de incapacidad para escribir otra cosa.
En ese libro, el personaje central (Amerigo Ormea) un militante comunista, participa como representante de partido en una mesa electoral en Turín. A partir de ahí, registra y reflexiona en torno al comportamiento de los funcionarios y de los ciudadanos que llegan a depositar su voto. Amerigo había aprendido que “los cambios en política se producen por caminos largos, y que no era cosa de esperárselos de un día para otro, por un giro de la fortuna”. Por otra parte, estaba seguro de que en política (como todo en la vida) cuentan solamente dos cosas: “no hacerse demasiadas ilusiones, y no dejar de creer que cualquier cosa que hagas puede servir”. Con estos principios sólidos, el personaje de Calvino participa en el día de la elección.
El relato registra la llegada de ciudadanos a la mesa de votación, describiendo una colección de personajes que encarnan el sentido de construcción y los absurdos cotidianos: el aburrimiento y el entusiasmo van de la mano al instalar la casilla electoral, las cajas, las sillas, la mesa. Desfilan a lo largo del día personajes que evocan reflexiones al narrador: el paralítico que llega a votar, el idiota, la enana, la monja, el hombre de los muñones, el cretino. La rutina soñolienta que impone la norma sólo se ve alterada por pequeñas discusiones entre los miembros de la mesa –los funcionarios electorales- en torno a sus interpretaciones de lo que es válido o no, de la corrección del voto, del comportamiento de los electores.
Sin moralina ni pretensiones intelectuales, Calvino logró hacer de un ritual generalmente aburrido y solemne, un relato estupendo en torno a la vida cívica y la vida a secas, que quizá sea pertinente para ver las elecciones mexicanas de otro modo. Ahora que el ruido de las campañas, los pleitos y el aburrimiento han hecho presencia arraigada en la democracia mexicana, tal vez habría que recordar que la política y las elecciones son también parte de la vida cotidiana de individuos y ciudadanos, en la que el sinsentido y las pasiones, la infelicidad natural y las pérdidas, la razón y las emociones, habitan el sencillo acto de ir (o no ir) a votar.
Sección: Estación de Paso
“La urna y la vida"
25 junio 2009
Me arriesgo a comentar en esta nota un tema que, sospecho, no es popular ni goza de demasiada estima entre los radioescuchas: el de las elecciones. La buena noticia es que la próxima semana terminarán por fin los procesos electorales y se sabrá cómo se resolverán los equilibrios políticos para los próximos tres años. Pero no voy a hablar aquí de los problemas de representación política, de la calidad de lo que hemos visto ni de especular en torno a los significados de las elecciones, de los electores y de los posibles elegidos. Me voy a concentrar en conversar con ustedes en torno a algunas cosas de lo que probablemente ocurrirá el día 5 de julio, entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde, es decir, lo que puede ocurrir en la jornada electoral, en la que casi un millón de ciudadanos en todo el país participarán como funcionarios de casilla o representantes de los partidos políticos en cada mesa electoral . Y para ello voy a apoyarme en lo que escribió hace casi medio siglo el célebre escritor Italo Calvino en La jornada de un escrutador (1963), un relato basado en las observaciones de un participante en el transcurso de unas elecciones locales en su país, Italia. Es un relato crudo que, en palabras del propio Calvino, le significó diez años de trabajo, muchas noches de insomnio, y varios meses de incapacidad para escribir otra cosa.
En ese libro, el personaje central (Amerigo Ormea) un militante comunista, participa como representante de partido en una mesa electoral en Turín. A partir de ahí, registra y reflexiona en torno al comportamiento de los funcionarios y de los ciudadanos que llegan a depositar su voto. Amerigo había aprendido que “los cambios en política se producen por caminos largos, y que no era cosa de esperárselos de un día para otro, por un giro de la fortuna”. Por otra parte, estaba seguro de que en política (como todo en la vida) cuentan solamente dos cosas: “no hacerse demasiadas ilusiones, y no dejar de creer que cualquier cosa que hagas puede servir”. Con estos principios sólidos, el personaje de Calvino participa en el día de la elección.
El relato registra la llegada de ciudadanos a la mesa de votación, describiendo una colección de personajes que encarnan el sentido de construcción y los absurdos cotidianos: el aburrimiento y el entusiasmo van de la mano al instalar la casilla electoral, las cajas, las sillas, la mesa. Desfilan a lo largo del día personajes que evocan reflexiones al narrador: el paralítico que llega a votar, el idiota, la enana, la monja, el hombre de los muñones, el cretino. La rutina soñolienta que impone la norma sólo se ve alterada por pequeñas discusiones entre los miembros de la mesa –los funcionarios electorales- en torno a sus interpretaciones de lo que es válido o no, de la corrección del voto, del comportamiento de los electores.
Sin moralina ni pretensiones intelectuales, Calvino logró hacer de un ritual generalmente aburrido y solemne, un relato estupendo en torno a la vida cívica y la vida a secas, que quizá sea pertinente para ver las elecciones mexicanas de otro modo. Ahora que el ruido de las campañas, los pleitos y el aburrimiento han hecho presencia arraigada en la democracia mexicana, tal vez habría que recordar que la política y las elecciones son también parte de la vida cotidiana de individuos y ciudadanos, en la que el sinsentido y las pasiones, la infelicidad natural y las pérdidas, la razón y las emociones, habitan el sencillo acto de ir (o no ir) a votar.
ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“Cultura y política en tiempos electorales"
11 de junio 2009
La relación entre cultura y política es una relación problemática, construida a partir de supuestos heroicos, creencias bienintencionadas y muchas monedas falsas, que habitan eso que suele denominarse como “cultura política”. Más aún: es una relación conflictiva y llena de agujeros teóricos y conceptuales, que luego llevan a (o explican las) confusiones prácticas y las ambigüedades retóricas. En el contexto de las campañas electorales que presenciamos, esa relación emerge con fuerza inusual, pues los partidos, sus candidatos, opinadores y periodistas, funcionarios electorales, activistas cívicos, colocan en el espacio público slogans, denuncias, spots, propuestas, berrinches, y variados arranques de sociología o politología instantánea.
Veamos, por ejemplo, los discursos e imágenes de ocasión de los candidatos. Lugares comunes y desmesuras se amontonan en las palabras que publicitan los aspirantes a recibir votos de los ciudadanos. “Trabajar y dejar trabajar”, “Experiencia con resultados”, “Creo en GDL”, “Acción responsable”, “Primero México” , “Así sí, gana la gente”, “Salvemos a México”….Hay desde luego el trabajo de mercadólogos de la política junto con las ocurrencias de los candidatos, pero en términos generales existe un empobrecimiento irrefrenable de la retórica y la imagen de la política, que coloca sus ofertas de temporada en el mismo nivel de la promoción de un detergente o de una marca de automóviles. Ese empobrecimiento tiene un par de supuestos implícitos: primero, que los ciudadanos no requieren de explicaciones ni fundamentaciones discursivas, sino de propuestas y de soluciones concretas; segundo, que la imagen de los candidatos, sus caras sonrientes y optimistas, coloridas, maquilladas, valen más que mil palabras. Es el viejo espectáculo de la política electoral, en el que, como decía Nietzsche hace más de 100 años “el protagonista sale del escenario y es sustituido por el actor”.
El efecto de todo ello es lo que otro clásico y célebre marxista, Groucho, describía como la imagen del político que carga un maletín de soluciones en busca de problemas. “La política” –decía con humor envenenado- “ es el arte de buscar problemas, encontrarlos en cualquier parte, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar el remedio equivocado”. Otros, más sofisticados, lo denominan como el efecto de adecuación del discurso electoral a la necesidad de promesas que desean escuchar los votantes potenciales. El resultado es un juego de espejos: el de un conjunto de políticos imaginarios que se dirigen a un conjunto de ciudadanos imaginados. El tiempo electoral ofrece postales oportunas que muestran cómo el malestar político de muchos ciudadanos coincide con el optimismo de los políticos. No hay remedio, es lo que hay.
Quizá lo que está en el fondo del asunto es que presenciamos el valor de uso de una moneda que circula libremente para explicar el fenómeno: no tenemos una democracia de calidad porque no contamos con una cultura política democrática. Es una moneda vieja, de uso frecuente para explicar los desencantos y frustraciones de la política y de la democracia. Luego entonces, debemos empezar por construir lo segundo (la cultura) para tener lo primero (instituciones y actores). Y aquí entramos a terreno minado. ¿Los valores, las prácticas y los hábitos democráticos preceden a las instituciones, las estructuras, o las reglas democráticas? ¿O es exactamente al revés: las instituciones primero, los comportamientos cívicos después? ¿Las dos cosas al mismo tiempo? La política comparada proporciona evidencia empírica de estas trayectorias, con resultados contrastantes. Pero lo que no ofrece es un manual de democracia para dummies, satisfactoria y eficaz, aunque consultores, funcionarios y políticos insistan en que eso es posible. En estas circunstancias, la alternativa es otro juego de espejos: sólo una sociedad de ciudadanos virtuosos y participativos es capaz de construir una política virtuosa. El reino político de los cielos construido por ángeles cívicos.
La cultura política de la transición y el cambio político mexicano se ha macerado al fuego lento del desencanto y los arrebatos partidofóbicos y partidofílicos que observamos desde hace tiempo. Es una cultura que esconde prácticas autoritarias, anarquistas, democráticas, corporativas, clientelares, parroquiales, de vasallaje, o de participación, de activismo bienintencionado, de activismo ingenuo o de acciones que tienen efectos imprecisos. No hay una cultura cívica sino varias, que coexisten entre el conflicto y el pragmatismo, el escepticismo y la indiferencia. Al mismo tiempo tenemos instituciones y reglas que hace no tanto tiempo eran impensables, y que implican un diseño institucional razonablemente adecuado para garantizar un sistema de partidos, la competencia electoral y la libertad de elección de los ciudadanos. Hoy que asistimos al ritual electoral, quizá podamos observar más arriba y más al fondo el tamaño de nuestros haberes y de nuestros déficits democráticos.
Sección: Estación de Paso
“Cultura y política en tiempos electorales"
11 de junio 2009
La relación entre cultura y política es una relación problemática, construida a partir de supuestos heroicos, creencias bienintencionadas y muchas monedas falsas, que habitan eso que suele denominarse como “cultura política”. Más aún: es una relación conflictiva y llena de agujeros teóricos y conceptuales, que luego llevan a (o explican las) confusiones prácticas y las ambigüedades retóricas. En el contexto de las campañas electorales que presenciamos, esa relación emerge con fuerza inusual, pues los partidos, sus candidatos, opinadores y periodistas, funcionarios electorales, activistas cívicos, colocan en el espacio público slogans, denuncias, spots, propuestas, berrinches, y variados arranques de sociología o politología instantánea.
Veamos, por ejemplo, los discursos e imágenes de ocasión de los candidatos. Lugares comunes y desmesuras se amontonan en las palabras que publicitan los aspirantes a recibir votos de los ciudadanos. “Trabajar y dejar trabajar”, “Experiencia con resultados”, “Creo en GDL”, “Acción responsable”, “Primero México” , “Así sí, gana la gente”, “Salvemos a México”….Hay desde luego el trabajo de mercadólogos de la política junto con las ocurrencias de los candidatos, pero en términos generales existe un empobrecimiento irrefrenable de la retórica y la imagen de la política, que coloca sus ofertas de temporada en el mismo nivel de la promoción de un detergente o de una marca de automóviles. Ese empobrecimiento tiene un par de supuestos implícitos: primero, que los ciudadanos no requieren de explicaciones ni fundamentaciones discursivas, sino de propuestas y de soluciones concretas; segundo, que la imagen de los candidatos, sus caras sonrientes y optimistas, coloridas, maquilladas, valen más que mil palabras. Es el viejo espectáculo de la política electoral, en el que, como decía Nietzsche hace más de 100 años “el protagonista sale del escenario y es sustituido por el actor”.
El efecto de todo ello es lo que otro clásico y célebre marxista, Groucho, describía como la imagen del político que carga un maletín de soluciones en busca de problemas. “La política” –decía con humor envenenado- “ es el arte de buscar problemas, encontrarlos en cualquier parte, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar el remedio equivocado”. Otros, más sofisticados, lo denominan como el efecto de adecuación del discurso electoral a la necesidad de promesas que desean escuchar los votantes potenciales. El resultado es un juego de espejos: el de un conjunto de políticos imaginarios que se dirigen a un conjunto de ciudadanos imaginados. El tiempo electoral ofrece postales oportunas que muestran cómo el malestar político de muchos ciudadanos coincide con el optimismo de los políticos. No hay remedio, es lo que hay.
Quizá lo que está en el fondo del asunto es que presenciamos el valor de uso de una moneda que circula libremente para explicar el fenómeno: no tenemos una democracia de calidad porque no contamos con una cultura política democrática. Es una moneda vieja, de uso frecuente para explicar los desencantos y frustraciones de la política y de la democracia. Luego entonces, debemos empezar por construir lo segundo (la cultura) para tener lo primero (instituciones y actores). Y aquí entramos a terreno minado. ¿Los valores, las prácticas y los hábitos democráticos preceden a las instituciones, las estructuras, o las reglas democráticas? ¿O es exactamente al revés: las instituciones primero, los comportamientos cívicos después? ¿Las dos cosas al mismo tiempo? La política comparada proporciona evidencia empírica de estas trayectorias, con resultados contrastantes. Pero lo que no ofrece es un manual de democracia para dummies, satisfactoria y eficaz, aunque consultores, funcionarios y políticos insistan en que eso es posible. En estas circunstancias, la alternativa es otro juego de espejos: sólo una sociedad de ciudadanos virtuosos y participativos es capaz de construir una política virtuosa. El reino político de los cielos construido por ángeles cívicos.
La cultura política de la transición y el cambio político mexicano se ha macerado al fuego lento del desencanto y los arrebatos partidofóbicos y partidofílicos que observamos desde hace tiempo. Es una cultura que esconde prácticas autoritarias, anarquistas, democráticas, corporativas, clientelares, parroquiales, de vasallaje, o de participación, de activismo bienintencionado, de activismo ingenuo o de acciones que tienen efectos imprecisos. No hay una cultura cívica sino varias, que coexisten entre el conflicto y el pragmatismo, el escepticismo y la indiferencia. Al mismo tiempo tenemos instituciones y reglas que hace no tanto tiempo eran impensables, y que implican un diseño institucional razonablemente adecuado para garantizar un sistema de partidos, la competencia electoral y la libertad de elección de los ciudadanos. Hoy que asistimos al ritual electoral, quizá podamos observar más arriba y más al fondo el tamaño de nuestros haberes y de nuestros déficits democráticos.
ADRIÁN ACOSTA SILVA
Sección: Estación de Paso
“Vieja geografía de los sentidos"
28 de mayo de 2009
Este reino de miedo y cenizas
Cormac McCarthy, Suttree
Las últimas semanas atestiguamos ruidosamente la ruptura de las rutinas, las costumbres y el orden cotidiano de la vida pública y de nuestras vidas privadas. Bajo la amenaza real o supuesta de la epidemia de influenza -humana, porcina, AH1N1, o como se llame- se sucedieron un conjunto amplio y complejo de reacciones en distintas dimensiones de la vida social. El gobierno federal, los gobiernos estatales y locales, los partidos políticos, las instituciones, los ciudadanos, los medios de comunicación, los agentes económicos, los analistas de la vida pública, los organismos internacionales, se movilizaron frente al riesgo, el temor o el miedo franco hacia los efectos del virus y mostraron de manera colorida la geografía de los sentimientos que habitan el corazón de nuestra convivencia pública. La invisibilidad del orden natural de las cosas cedió el paso a la visibilidad del miedo y el temor asociado con la percepción de riesgo frente a un depredador impreciso que flotaba (¿flota?) en el aire.
El estado alterado de la convivencia comenzó con la suspensión de actividades de un tercio de la población del país, compuesto por los casi 32 millones de estudiantes de todos los niveles educativos, y sus efectos en la población que gravita alrededor de ellos: padres de familia, maestros, trabajadores administrativos y manuales del sector educativo. Con la desactivación de este conglomerado de la población, el ritmo de toda la actividad social, económica y productiva se vio radicalmente modificado en sus tiempos, costumbres y estructuras. Motivadas por el cálculo o la prudencia, las autoridades federales modificaron la atención pública sobre el tema del narco o de las elecciones, y enviaron una potente señal de alerta con toda la fuerza del Estado a la sociedad mexicana y a la comunidad internacional. Confusas y en ocasiones desordenadas, las conferencias de prensa encabezadas por el secretario de salud y apoyadas por el Presidente Calderón, mostraron el día a día de una decisión que encontraba cada vez menos asideros para justificar el tamaño de la alarma gubernamental. Paranoica o responsable, la acción gubernamental tendrá que ser valorada con calma en las próximas semanas, y sus efectos políticos podrían ser observados en el voto de los electores del 5 de julio.
Pero entre los ciudadanos y organismos empresariales y cívicos, la reacción fue igualmente confusa. Desde reclamos por las pérdidas económicas hasta las teorías conspiracionistas más inverosímiles, el abanico de reacciones ilumina bien los problemas de legitimidad, credibilidad y confianza que las decisiones públicas suscitan entre los ciudadanos. El lado oscuro de la epidemia fueron las acciones de discriminación y rechazo que se registraron dentro y fuera del país, la incapacidad de muchos gobiernos estatales de reaccionar de manera coherente frente a la emergencia, la encomiendas a la virgen para salvarnos de todos los males que lanzó la jerarquía católica, las ocurrencias y despropósitos que invadieron a la opinión pública. El miedo, el asombro, el escepticismo, junto con la apatía, la indiferencia o la obediencia hacia los dictados gubernamentales, mostraron la complejidad y diversidad de los sentimientos públicos hacia las acciones del gobierno federal.
Pero el miedo fue el gran ordenador de la vida pública de estos días extraños. El miedo político y el miedo físico, es decir, el miedo público hacia las consecuencias colectivas del mal, y el miedo de los privados hacia el riesgo de contagio. Y el miedo no es nada nuevo ni aquí ni ahora. Es el piso duro y a la vez frágil del orden social. La influenza gobernó fugazmente el cálculo y las emociones, la razón y los sentimientos. Y ciudadanos y gobernantes, y sus intermediarios oficiales e intérpretes de ocasión, encarnaron la vieja geografía de los sentimientos que descansan en el drenaje profundo del orden público.
Sección: Estación de Paso
“Vieja geografía de los sentidos"
28 de mayo de 2009
Este reino de miedo y cenizas
Cormac McCarthy, Suttree
Las últimas semanas atestiguamos ruidosamente la ruptura de las rutinas, las costumbres y el orden cotidiano de la vida pública y de nuestras vidas privadas. Bajo la amenaza real o supuesta de la epidemia de influenza -humana, porcina, AH1N1, o como se llame- se sucedieron un conjunto amplio y complejo de reacciones en distintas dimensiones de la vida social. El gobierno federal, los gobiernos estatales y locales, los partidos políticos, las instituciones, los ciudadanos, los medios de comunicación, los agentes económicos, los analistas de la vida pública, los organismos internacionales, se movilizaron frente al riesgo, el temor o el miedo franco hacia los efectos del virus y mostraron de manera colorida la geografía de los sentimientos que habitan el corazón de nuestra convivencia pública. La invisibilidad del orden natural de las cosas cedió el paso a la visibilidad del miedo y el temor asociado con la percepción de riesgo frente a un depredador impreciso que flotaba (¿flota?) en el aire.
El estado alterado de la convivencia comenzó con la suspensión de actividades de un tercio de la población del país, compuesto por los casi 32 millones de estudiantes de todos los niveles educativos, y sus efectos en la población que gravita alrededor de ellos: padres de familia, maestros, trabajadores administrativos y manuales del sector educativo. Con la desactivación de este conglomerado de la población, el ritmo de toda la actividad social, económica y productiva se vio radicalmente modificado en sus tiempos, costumbres y estructuras. Motivadas por el cálculo o la prudencia, las autoridades federales modificaron la atención pública sobre el tema del narco o de las elecciones, y enviaron una potente señal de alerta con toda la fuerza del Estado a la sociedad mexicana y a la comunidad internacional. Confusas y en ocasiones desordenadas, las conferencias de prensa encabezadas por el secretario de salud y apoyadas por el Presidente Calderón, mostraron el día a día de una decisión que encontraba cada vez menos asideros para justificar el tamaño de la alarma gubernamental. Paranoica o responsable, la acción gubernamental tendrá que ser valorada con calma en las próximas semanas, y sus efectos políticos podrían ser observados en el voto de los electores del 5 de julio.
Pero entre los ciudadanos y organismos empresariales y cívicos, la reacción fue igualmente confusa. Desde reclamos por las pérdidas económicas hasta las teorías conspiracionistas más inverosímiles, el abanico de reacciones ilumina bien los problemas de legitimidad, credibilidad y confianza que las decisiones públicas suscitan entre los ciudadanos. El lado oscuro de la epidemia fueron las acciones de discriminación y rechazo que se registraron dentro y fuera del país, la incapacidad de muchos gobiernos estatales de reaccionar de manera coherente frente a la emergencia, la encomiendas a la virgen para salvarnos de todos los males que lanzó la jerarquía católica, las ocurrencias y despropósitos que invadieron a la opinión pública. El miedo, el asombro, el escepticismo, junto con la apatía, la indiferencia o la obediencia hacia los dictados gubernamentales, mostraron la complejidad y diversidad de los sentimientos públicos hacia las acciones del gobierno federal.
Pero el miedo fue el gran ordenador de la vida pública de estos días extraños. El miedo político y el miedo físico, es decir, el miedo público hacia las consecuencias colectivas del mal, y el miedo de los privados hacia el riesgo de contagio. Y el miedo no es nada nuevo ni aquí ni ahora. Es el piso duro y a la vez frágil del orden social. La influenza gobernó fugazmente el cálculo y las emociones, la razón y los sentimientos. Y ciudadanos y gobernantes, y sus intermediarios oficiales e intérpretes de ocasión, encarnaron la vieja geografía de los sentimientos que descansan en el drenaje profundo del orden público.
ADRIÁN ACOSTA
Sección: Estación de Paso
“En presencia del señor"
9 de julio de 2009
El sentido del humor de Jorge Luis Borges era legendario, a veces particularmente agudo, filoso, demoledor. En alguna ocasión- relata Roberto Alifano en El humor de Borges- le preguntaba un reportero al célebre escritor de El Aleph, que había de cierto en torno a su marcado y público agnosticismo, a lo que el gran escritor argentino respondió: “He cambiado muy poco. De hecho, soy tan escéptico que hasta comienzo a creer en Dios”.
Algo así puede ocurrir a quienes en algún momento dudaron de la inspiración casi religiosa del Dios de Todas las Guitarras, Eric Clapton. Si en los años sesenta aparecieron decenas de extraños graffitis por toda Londres afirmando aquello de que Clapton is God, al finalizar la primera década del siglo 21 de nuestra era, una grabación nos revela contundentemente que Dios no existe y Clapton es su profeta. Una señal irrebatible circula ya en México: el disco en vivo que Clapton y Steve Winwood -el ex integrante de grupos como Spencer Davies Group, Traffic, y efímero compañero de Clapton en Blind Faith- grabaron en ocasión de una serie de conciertos apenas el año pasado en el Madison Square Garden de Nueva York. El DVD correspondiente no tiene desperdicio: las imágenes, las entrevistas, los sonidos, el espíritu lúdico y la fiesta acompañan el ritual de dos músicos legendarios del rock contemporáneo.
El par de sesentones reflexivos que hoy son, revivieron fugazmente a los jóvenes impulsivos que fueron en los años sesenta, en un ejercicio de resurrección del espíritu de la época que alimentó con ferocidad la era dorada del rock. La potencia de la rola que abre el concierto (Had to Cry Today, de la época de Blind Faith) se combina con el blues de una clásico (Rambling on my Mind, de Robert Johnson), mientras que la guitarra mágica de Clapton suena mejor que nunca en After Midnight, de J.J Cale. Para exorcizar cualquier intento de nostalgia, basta escuchar Double Trouble o Presence of the Lord para constatar que el rock aún vive, y pasa sus días entre Nueva York, Londres o Guadalajara; que no es una rémora ni un testamento, sino un acto de demostración de las propiedades curativas y festivas de la música clásica de la segunda mitad del siglo pasado. Voodoo Chile, aquel viejo himno de otro santo del panteón rockero, Jimi Hendrix, es el pretexto perfecto para mostrar como la reinterpretación de los apóstoles es también un acto de creación divina.
Para quienes reconocemos en el rock una buena parte de nuestra educación sentimental, escuchar los dos discos del álbum supone -acaso instintivamente- realizar un acto sagrado: hincarse y pedir perdón por los pecados. Ya se sabe, el perdón, el arrepentimiento y las culpas gobiernan de manera frecuente los sentimientos individuales y colectivos. Pero para los infieles que nunca faltan, quizá sea mejor y más adecuado sentarse cómodamente, escuchar o ver los discos con una cerveza fría al lado, y dejar que la guitarra y las voces de los profetas Winwood y Clapton se adueñen un rato de nuestras sinrazones, de nuestras emociones y reflexiones. Ahora que ya no hay tiempo para (casi) nada, en que los sonidos de la época están marcados por la prisa y la desesperación (¿quién puede pensar, por ejemplo, con el ruido que impone escuchar “Como perro atropellado” de la Arrolladora Banda El Limón sonando a todo volumen en el automóvil que pasa a un lado?), un acto de rebelión como es el dedicarse exclusivamente a escuchar un buen disco, supone también la realización de un pequeño acto civilizatorio. Con suerte, en ese momento el viejo escepticismo de los agnósticos ceda el lugar a la nueva ironía de los creyentes, justo como le ocurrió a Borges.
Sección: Estación de Paso
“En presencia del señor"
9 de julio de 2009
El sentido del humor de Jorge Luis Borges era legendario, a veces particularmente agudo, filoso, demoledor. En alguna ocasión- relata Roberto Alifano en El humor de Borges- le preguntaba un reportero al célebre escritor de El Aleph, que había de cierto en torno a su marcado y público agnosticismo, a lo que el gran escritor argentino respondió: “He cambiado muy poco. De hecho, soy tan escéptico que hasta comienzo a creer en Dios”.
Algo así puede ocurrir a quienes en algún momento dudaron de la inspiración casi religiosa del Dios de Todas las Guitarras, Eric Clapton. Si en los años sesenta aparecieron decenas de extraños graffitis por toda Londres afirmando aquello de que Clapton is God, al finalizar la primera década del siglo 21 de nuestra era, una grabación nos revela contundentemente que Dios no existe y Clapton es su profeta. Una señal irrebatible circula ya en México: el disco en vivo que Clapton y Steve Winwood -el ex integrante de grupos como Spencer Davies Group, Traffic, y efímero compañero de Clapton en Blind Faith- grabaron en ocasión de una serie de conciertos apenas el año pasado en el Madison Square Garden de Nueva York. El DVD correspondiente no tiene desperdicio: las imágenes, las entrevistas, los sonidos, el espíritu lúdico y la fiesta acompañan el ritual de dos músicos legendarios del rock contemporáneo.
El par de sesentones reflexivos que hoy son, revivieron fugazmente a los jóvenes impulsivos que fueron en los años sesenta, en un ejercicio de resurrección del espíritu de la época que alimentó con ferocidad la era dorada del rock. La potencia de la rola que abre el concierto (Had to Cry Today, de la época de Blind Faith) se combina con el blues de una clásico (Rambling on my Mind, de Robert Johnson), mientras que la guitarra mágica de Clapton suena mejor que nunca en After Midnight, de J.J Cale. Para exorcizar cualquier intento de nostalgia, basta escuchar Double Trouble o Presence of the Lord para constatar que el rock aún vive, y pasa sus días entre Nueva York, Londres o Guadalajara; que no es una rémora ni un testamento, sino un acto de demostración de las propiedades curativas y festivas de la música clásica de la segunda mitad del siglo pasado. Voodoo Chile, aquel viejo himno de otro santo del panteón rockero, Jimi Hendrix, es el pretexto perfecto para mostrar como la reinterpretación de los apóstoles es también un acto de creación divina.
Para quienes reconocemos en el rock una buena parte de nuestra educación sentimental, escuchar los dos discos del álbum supone -acaso instintivamente- realizar un acto sagrado: hincarse y pedir perdón por los pecados. Ya se sabe, el perdón, el arrepentimiento y las culpas gobiernan de manera frecuente los sentimientos individuales y colectivos. Pero para los infieles que nunca faltan, quizá sea mejor y más adecuado sentarse cómodamente, escuchar o ver los discos con una cerveza fría al lado, y dejar que la guitarra y las voces de los profetas Winwood y Clapton se adueñen un rato de nuestras sinrazones, de nuestras emociones y reflexiones. Ahora que ya no hay tiempo para (casi) nada, en que los sonidos de la época están marcados por la prisa y la desesperación (¿quién puede pensar, por ejemplo, con el ruido que impone escuchar “Como perro atropellado” de la Arrolladora Banda El Limón sonando a todo volumen en el automóvil que pasa a un lado?), un acto de rebelión como es el dedicarse exclusivamente a escuchar un buen disco, supone también la realización de un pequeño acto civilizatorio. Con suerte, en ese momento el viejo escepticismo de los agnósticos ceda el lugar a la nueva ironía de los creyentes, justo como le ocurrió a Borges.
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