AVELINO SORDO VILCHIS
Mal Negocio
Transmitido: jueves 17 junio 2010
La declaración es una joya, más por lo que apenas sugiere que por lo que dice en concreto: «A mi me ha tocado ver que en todo el mundo hay edificios históricos que se utilizan para eventos. Finalmente cuando un edificio es usado, todo el tiempo estás encima de él. Lo estás barriendo, trapeando; si tiene goteras, las tapas, etcétera. Pero una casa vieja que no tiene uso, se cae. Es por eso que el Cabañas debe tener vida». Aunque nos cueste trabajo creerlo se trata de declaraciones al diario Público de Cecilia Wolf, directora del Instituto Cultural Cabañas, con las que intentaba justificar la constante e indiscriminada renta del edificio como espacio para francachelas de todo tipo.
Analizando las partes sustanciales de sus declaraciones, resulta fácil inferir qué es lo que esta señora piensa de la institución que hoy tiene bajo su responsabilidad. Por ejemplo, es evidente que para ella el manejo del Cabañas como museo es un desperdicio, ya que «…cuando un edificio es usado, todo el tiempo estás encima de él…», entendiendo en este caso «usado», como sinónimo de emplearlo como salón de fiestas. Para reforzar esta idea, está aquello de que «…una casa vieja que no tiene uso, se cae…» Y para mayor precisión, añade «…es por eso que el Cabañas debe tener vida…», donde, por supuesto, «vida» es sinónimo de alquilarlo para pachangas, faltaba más.
La única y aterrorizante conclusión a la que podemos llegar después de este somero análisis de sus declaraciones, es que para la señora Wolf la actividad sustantiva del Instituto Cultural Cabañas es la de salón de actividades sociales, ya que para ella es claro que su uso como museo —o como centro cultural— equivale a no usarlo; es un desperdicio, vamos. Incluso, en otra parte de esa misma entrevista, la Wolf anticipó —amenazante— algo así como que de no existir la entrada de dineros provenientes de lo que aquí podríamos llamar su «división Cabañas Grill», el Instituto Cultural Cabañas se vería obligado a cerrar sus puertas de manera definitiva.
Es una lástima que no diera detalles de cómo imagina que se realizaría el cierre del Instituto Cultural Cabañas por tan importantes razones: me hubiera gustado conocer su visión del asunto. Pero, volvamos al tema de la «división Cabañas Grill» del Instituto Cultural Cabañas. Una serie de reportajes publicados a lo largo de la semana pasada por el diario Público, abordaron el problema desde diversos ángulos y puntos de vista y de ahí se desprendió muchísima y muy valiosa información que retrata de cuerpo entero la pésima gestión que ha tenido el Cabañas en, por lo menos, las dos últimas administraciones, además de que quedaron puntos oscuros que deben ser aclarados.
Tenemos que el argumento más socorrido para justificar el mal uso intensivo del Cabañas como salón de fiestas, es la falta de presupuesto. De hecho, hasta llegan a asegurar que el presupuesto anual no les alcanza ni para pagar los salarios. Sin embargo, la realidad los contradice: el diario Público consiguió la nómina de la segunda quincena de enero de 2010, a través de la incréiblemente incompleta página de transparencia del Cabañas, y realizó una proyección anualizada, añadiendo los aguinaldos. El resultado: la nómina —incluyendo hora extras y otras percepciones extraordinarias—, representa algo así como el 85% del presupuesto anual. ¿Y entonces?
Por otra parte, es obvio que los resultados de la operación «Cabañas Grill», son francamente malos. Y es que la mayor parte de sus «clientes», son influyentes y no pagan o, en el mejor de los casos, solo cubren una parte de la tarifa. Aquí hay un dato duro: de acuerdo al «Estado de Resultados de 2008» —el más reciente que pudimos encontrar en la página de transparencia— los ingresos por «uso de espacios», apenas alcanzaron la mitad de los que corresponden al concepto «acceso al museo». Los números no mienten: el museo es mejor negocio que el Cabañas Grill.
¿Y entonces?
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viernes, 18 de junio de 2010
viernes, 15 de enero de 2010
AVELINO SORDO VILCHIS
Días de estreno
Transmitido: jueves 14 enero 2010
Vivimos días de estreno. Las nuevas administraciones municipales, que además provienen de partidos distintos al que hasta diciembre gobernó la zona metropolitana de Guadalajara, dan sus primeros pasos. Tanta novedad han provocado un cierto ambiente de estreno, de expectativa, de optimismo que me parece muy mal fundamentado, ya que no existen indicios de que los recién llegados se van a poner las pilas y —ahora sí— dirigirán sus mejores y mayores esfuerzos a lograr el bien común. En contraste, me parece que los problemas de la ciudad son mucho más grandes que la imaginación y los recursos de nuestros gobernantes, los anteriores y los actuales.
No obstante, aprovechando ese ánimo de estreno me parece buen momento para reflexionar sobre las oficinas culturales de los ayuntamientos metropolitanos, que se han distinguido por su mediocridad, su frivolidad y sus magros frutos, que no guardan proporción con los recursos que en estas últimas décadas se han venido gastando, que no es lo mismo que invirtiendo. Fue hace poco más de veinte años que un olvidable presidente municipal de Guadalajara creó la entonces llamada «Oficialía Mayor de Cultura», con el fin de pagar una cuota política al sindicato de maestros, no vayan a creer que fue para contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la ciudad.
Y a partir de ahí, los restantes municipios hicieron lo propio. Sin embargo, me parece importante aclarar que el problema va más allá incluso que los pésimos nombramientos de funcionarios —que tienen su importancia en la medida en que se especializan en ocurrencias y pésimas decisiones— ya que debemos considerar factores de otra naturaleza que hacen del buen funcionamiento de las oficinas de cultura municipales una quimera. Se trata de lo que podemos llamar el «diseño institucional», y —de mayor trascendencia aún— de las limitaciones temporales y geográficas, que son un impedimento insalvable para hacer un papel por encimita de lo mediocre.
Las oficinas culturales de los ayuntamientos están diseñadas para todo, menos para realizar razonablemente las actividades para las que fueron creadas. El exceso de burocracia y los presupuestos que apenas alcanzan, son las principales características de estas dependencias, que invariablemente están atrapadas en una paradoja: hay presupuesto para pagar a los administradores, que a su vez no tienen un quinto para administrar. Se trata de oficinas donde es más fácil conseguir recursos para gastos de representación para los funcionarios, por ejemplo, que para cubrir honorarios a creadores, intérpretes o para cualquier cosa que esté conectada a su actividad sustantiva.
Para que la promoción cultural —que no debe confundirse con el show business o el entretenimiento— resulte significativa en la vida de los ciudadanos, es indispensable una planeación a largo plazo y, por supuesto, no debe limitarse por una línea imaginaria dibujada en un mapa. En realidad es aquí donde reside la raíz del fracaso —pasado y futuro— de las oficinas culturales de los ayuntamientos: por una parte están los límites territoriales, que impiden que sus actividades tengan alcance metropolitano, y por la otra, una administración municipal cuenta con apenas tres años de vida: uno para aclimatarse, otro para medio trabajar y el tercero, pues para grillar.
Ahí están las razones de porqué me parece que las administraciones municipales tendrían que cerrar la cortina cultural, no sin antes pedir disculpas al respetable por el tiempo y los recursos desperdiciados. En todo caso, si los ayuntamientos realmente quieren contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la zona conurbada de Guadalajara, lo que tendrían que hacer es crear entre todos un instituto metropolitano de cultura que realizara esas tareas desde una perspectiva técnico-profesional (o sea nada que ver con la política partidista) y con una visión de largo plazo y alcance.
¿Les alcanzará la imaginación y la voluntad política? Yo creo que no.
Días de estreno
Transmitido: jueves 14 enero 2010
Vivimos días de estreno. Las nuevas administraciones municipales, que además provienen de partidos distintos al que hasta diciembre gobernó la zona metropolitana de Guadalajara, dan sus primeros pasos. Tanta novedad han provocado un cierto ambiente de estreno, de expectativa, de optimismo que me parece muy mal fundamentado, ya que no existen indicios de que los recién llegados se van a poner las pilas y —ahora sí— dirigirán sus mejores y mayores esfuerzos a lograr el bien común. En contraste, me parece que los problemas de la ciudad son mucho más grandes que la imaginación y los recursos de nuestros gobernantes, los anteriores y los actuales.
No obstante, aprovechando ese ánimo de estreno me parece buen momento para reflexionar sobre las oficinas culturales de los ayuntamientos metropolitanos, que se han distinguido por su mediocridad, su frivolidad y sus magros frutos, que no guardan proporción con los recursos que en estas últimas décadas se han venido gastando, que no es lo mismo que invirtiendo. Fue hace poco más de veinte años que un olvidable presidente municipal de Guadalajara creó la entonces llamada «Oficialía Mayor de Cultura», con el fin de pagar una cuota política al sindicato de maestros, no vayan a creer que fue para contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la ciudad.
Y a partir de ahí, los restantes municipios hicieron lo propio. Sin embargo, me parece importante aclarar que el problema va más allá incluso que los pésimos nombramientos de funcionarios —que tienen su importancia en la medida en que se especializan en ocurrencias y pésimas decisiones— ya que debemos considerar factores de otra naturaleza que hacen del buen funcionamiento de las oficinas de cultura municipales una quimera. Se trata de lo que podemos llamar el «diseño institucional», y —de mayor trascendencia aún— de las limitaciones temporales y geográficas, que son un impedimento insalvable para hacer un papel por encimita de lo mediocre.
Las oficinas culturales de los ayuntamientos están diseñadas para todo, menos para realizar razonablemente las actividades para las que fueron creadas. El exceso de burocracia y los presupuestos que apenas alcanzan, son las principales características de estas dependencias, que invariablemente están atrapadas en una paradoja: hay presupuesto para pagar a los administradores, que a su vez no tienen un quinto para administrar. Se trata de oficinas donde es más fácil conseguir recursos para gastos de representación para los funcionarios, por ejemplo, que para cubrir honorarios a creadores, intérpretes o para cualquier cosa que esté conectada a su actividad sustantiva.
Para que la promoción cultural —que no debe confundirse con el show business o el entretenimiento— resulte significativa en la vida de los ciudadanos, es indispensable una planeación a largo plazo y, por supuesto, no debe limitarse por una línea imaginaria dibujada en un mapa. En realidad es aquí donde reside la raíz del fracaso —pasado y futuro— de las oficinas culturales de los ayuntamientos: por una parte están los límites territoriales, que impiden que sus actividades tengan alcance metropolitano, y por la otra, una administración municipal cuenta con apenas tres años de vida: uno para aclimatarse, otro para medio trabajar y el tercero, pues para grillar.
Ahí están las razones de porqué me parece que las administraciones municipales tendrían que cerrar la cortina cultural, no sin antes pedir disculpas al respetable por el tiempo y los recursos desperdiciados. En todo caso, si los ayuntamientos realmente quieren contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la zona conurbada de Guadalajara, lo que tendrían que hacer es crear entre todos un instituto metropolitano de cultura que realizara esas tareas desde una perspectiva técnico-profesional (o sea nada que ver con la política partidista) y con una visión de largo plazo y alcance.
¿Les alcanzará la imaginación y la voluntad política? Yo creo que no.
viernes, 13 de noviembre de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
Guggenhome
Transmitido: jueves 05 de noviembre 2009
Me parece ocioso hablar del llamado Guggenheim tapatío, básicamente porque se trató de una ocurrencia, más que de un proyecto: sus promotores, nunca demostraron tener idea de lo que implicaba: vamos, ni siquiera se tomaron en serio conseguir el dinero para el célebre y costoso «estudio de factibilidad». No obstante, a raíz de que desde Nueva York trascendió la noticia de la cancelación del proyecto (decisión que había sido tomada y comunicada a los promotores hace meses, quienes cuidadosamente la ocultaron), he leído cualquier cantidad de textos lamentándose de que el proyecto no se vaya a llevar a cabo. O sea, hubo quien se la creyó.
Pero, vamos por partes. Desde finales de los ochenta, la Fundación Guggenheim anda batallando con su financiamiento. En este contexto fue que a alguno de sus ejecutivos se le ocurrió una novedosa manera de estabilizar, de una vez por todas, sus maltrechas finanzas: crear una franquicia de alcance global, como MacDonalds o tantas otras que hay por ahí. De entrada, la idea es harto chocante, dado que una cosa es hacer y vender hamburgesas estandarizadas y otra muy diferente manejar una de las más importantes colecciones de arte del siglo XX, que, además, está indisolublemente ligada al nombre de su creador y, por supuesto, a su ciudad.
Don Salomón R. Guggenheim comenzó coleccionando arte abstracto europeo, en la tercera década del siglo XX, adquiriendo obra de artistas como Piet Mondrian y Wassily Kandinsky. Una década más adelante, fundó el Museo de Arte «no objetivo» Guggenheim en un local alquilado en la calle 54 de Nueva York. Como el hombre era un visionario y entendía el coleccionismo como algo que iba más allá de acaparar pinturas que combinaran con la alfombra o las cortinas de su casa, expandió sus intereses y comenzó a comprar obras de artistas no abstractos como Pablo Picasso, Marc Chagall y Amadeo Modigliani, por citar sólo algunos.
Para 1943, su colección ya era importante, y fue entonces que encargó a Franz Lloyd Wright la construcción de la sede definitiva de su colección. El proceso fue tortuoso y complicado, de manera que el Museo se inauguró en 1959, años después de que don Salomón muriera. Por otra parte, hay también un Museo Guggenheim en Venecia que, contrario a lo que nos quieren hacer creer, no tiene nada que ver con la idea de las franquicias. Su sede y acervo —un palacio en el Gran Canal y otra importante colección de arte del siglo XX— es el legado de Peggy Guggenheim, sobrina de don Salomón y tercera esposa de Max Ernst, a su querida Venecia.
Pero, regresemos al asunto de las franquicias «Guggenheim», que son dos: Berlín y Bilbao. La primera, en realidad es una «asociación» con el banco central alemán, cuya actividad primordial es la comisión de «arte conceptual» (léase instalaciones) internacional. Por su parte, la franquicia de Bilbao es casi puro continente y muy poco contenido: el edificio es una notable obra de Frank Gehry, que literalmente aplasta cualquier colección que ahí se quiera exhibir. Lo curioso del caso, es que el Guggenheim de Bilbao tiene un programa de adquisiciones, para «establecer su propia personalidad». O sea, andan buscando no ser el Guggenheim.
Si analizamos los antecedentes y la forma de operar de la Fundación Guggenheim, no es difícil percatarnos de que la versión local nunca iba a exhibir los Mondrian, los Kandinsky, los Picasso o los Modigliani que reunieron don Salomón o doña Peggy. Esos se quedan en Nueva York y Venecia. Más bien, sus actividad se iba a limitar a buscar «establecer su propia personalidad», adquiriendo las obras que decidieran los curadores de la Fundación en Nueva York, y —lo fundamental para ellos— pagar religiosamente y en billete verde, el costo de la franquicia.
En suma, se trataba de subsidiar a la Fundación Guggenheim. ¿O qué pensaban?
Guggenhome
Transmitido: jueves 05 de noviembre 2009
Me parece ocioso hablar del llamado Guggenheim tapatío, básicamente porque se trató de una ocurrencia, más que de un proyecto: sus promotores, nunca demostraron tener idea de lo que implicaba: vamos, ni siquiera se tomaron en serio conseguir el dinero para el célebre y costoso «estudio de factibilidad». No obstante, a raíz de que desde Nueva York trascendió la noticia de la cancelación del proyecto (decisión que había sido tomada y comunicada a los promotores hace meses, quienes cuidadosamente la ocultaron), he leído cualquier cantidad de textos lamentándose de que el proyecto no se vaya a llevar a cabo. O sea, hubo quien se la creyó.
Pero, vamos por partes. Desde finales de los ochenta, la Fundación Guggenheim anda batallando con su financiamiento. En este contexto fue que a alguno de sus ejecutivos se le ocurrió una novedosa manera de estabilizar, de una vez por todas, sus maltrechas finanzas: crear una franquicia de alcance global, como MacDonalds o tantas otras que hay por ahí. De entrada, la idea es harto chocante, dado que una cosa es hacer y vender hamburgesas estandarizadas y otra muy diferente manejar una de las más importantes colecciones de arte del siglo XX, que, además, está indisolublemente ligada al nombre de su creador y, por supuesto, a su ciudad.
Don Salomón R. Guggenheim comenzó coleccionando arte abstracto europeo, en la tercera década del siglo XX, adquiriendo obra de artistas como Piet Mondrian y Wassily Kandinsky. Una década más adelante, fundó el Museo de Arte «no objetivo» Guggenheim en un local alquilado en la calle 54 de Nueva York. Como el hombre era un visionario y entendía el coleccionismo como algo que iba más allá de acaparar pinturas que combinaran con la alfombra o las cortinas de su casa, expandió sus intereses y comenzó a comprar obras de artistas no abstractos como Pablo Picasso, Marc Chagall y Amadeo Modigliani, por citar sólo algunos.
Para 1943, su colección ya era importante, y fue entonces que encargó a Franz Lloyd Wright la construcción de la sede definitiva de su colección. El proceso fue tortuoso y complicado, de manera que el Museo se inauguró en 1959, años después de que don Salomón muriera. Por otra parte, hay también un Museo Guggenheim en Venecia que, contrario a lo que nos quieren hacer creer, no tiene nada que ver con la idea de las franquicias. Su sede y acervo —un palacio en el Gran Canal y otra importante colección de arte del siglo XX— es el legado de Peggy Guggenheim, sobrina de don Salomón y tercera esposa de Max Ernst, a su querida Venecia.
Pero, regresemos al asunto de las franquicias «Guggenheim», que son dos: Berlín y Bilbao. La primera, en realidad es una «asociación» con el banco central alemán, cuya actividad primordial es la comisión de «arte conceptual» (léase instalaciones) internacional. Por su parte, la franquicia de Bilbao es casi puro continente y muy poco contenido: el edificio es una notable obra de Frank Gehry, que literalmente aplasta cualquier colección que ahí se quiera exhibir. Lo curioso del caso, es que el Guggenheim de Bilbao tiene un programa de adquisiciones, para «establecer su propia personalidad». O sea, andan buscando no ser el Guggenheim.
Si analizamos los antecedentes y la forma de operar de la Fundación Guggenheim, no es difícil percatarnos de que la versión local nunca iba a exhibir los Mondrian, los Kandinsky, los Picasso o los Modigliani que reunieron don Salomón o doña Peggy. Esos se quedan en Nueva York y Venecia. Más bien, sus actividad se iba a limitar a buscar «establecer su propia personalidad», adquiriendo las obras que decidieran los curadores de la Fundación en Nueva York, y —lo fundamental para ellos— pagar religiosamente y en billete verde, el costo de la franquicia.
En suma, se trataba de subsidiar a la Fundación Guggenheim. ¿O qué pensaban?
viernes, 23 de octubre de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
CABAÑAS GRILL
Transmitido: jueves 22 de octubre 2009
No sé si ya no entiendo lo que está pasando o si dejó de pasar lo que estaba entendiendo, el caso es que cada día entiendo menos. Y creo que no soy el único. ¿Alguien puede explicarme qué es lo que está sucediendo en el mal llamado Instituto Cultural Cabañas? En lo que va del año sólo han programado dos exposiciones, ambas con cierto tufillo aristocratizante: en enero-abril presentaron la colección de un banco gallego —selección bastante mediocre, cuyos highligths eran un Picasso estudiantil y un Dalí infectado de retórica— y ahora nos ofrecen «la oportunidad» de conocer una colección de joyas y chucherías provenientes de la rusia imperial.
Por razones obvias, no considero en este recuento las exposiciones promovidas por otras instancias, como es el caso del Festival Internacional de Cine y las que seguramente se presentarán en un mese más, en el marco de la Feria Internacional del Libro, porque son harina de otro costal. Así tenemos que en un año —que presupuestalmente representa algo así como trece millones de pesos— el Cabañas solo pudo organizar dos exposiciones muy pretenciosas, pero —hay que decirlo— de muy bajos vuelos. Y con el añadido de que ninguna de ellas fue producida por el Cabañas, ya que se limitaron a sumarse como sede en sus respectivas giras internacionales.
Además, resulta que lo más destacado de la exposición del banco gallego no fueron —como señalamos— ni las obras que se presentaron ni su propuesta curatorial, sino el hecho de que en la inauguración se les negara el coctel a quienes no acudieron «vestidos apropiadamente». En cuanto a Fabergé. La visita del Zar, fue inaugurada ya no con un coctel prohibido a los fachosos, sino con una cena para cuatrocientas personas, que después de regodearse admirando la almohada de la gran duquesa Anastasia, pudieron degustar, entre otros platillos, un «crujiente de queso de cabra con jitomates deshidratados y piñón, con escencia de cilantro».
Me parece importante aclarar que Fabergé. La visita del Zar, no es una extensión de la muestra integrada por más de 500 objetos provenientes del Museo del Hermitage, que se presentó a finales del año pasado en el Museo Nacional de Antropología e Historia, bajo el nombre de Zares. Arte y cultura del imperio ruso. No: ahí se mostraron, con un sentido histórico y estético —o sea sin suspiros entre nostálgicos y morbosos por la grandeza del imperio que inventó el gulag—, óleos, tapices, grabados, orfebrería, vestimentas y joyería (incluyendo algunas piezas de Fabergé), representativas de la dinastía Romanov, que gobernó Rusia del siglo XVII a principios del XX.
Pero, regresando al realismo tapatío y contrastando con la escandalosamente pobre actividad museística del Cabañas, los lectores de Público-Milenio del pasado lunes 19, nos enteramos que los vecinos están hasta la madre de los constantes guateques que se realizan en el inmueble patrimonio de la humanidad. Y es que, nos explica uno de ellos, «no pasa una semana sin que haya dos o tres (pachangas)». La queja es básicamente por las molestias que provocan las maniobras de carga y descarga de sillas, mesas y demás implementos, a lo que hay que sumar el ruido y olor de los generadores que instalan sobre la calle General Salazar.
Dos pretensiosas exposiciones y «dos o tres» convites a la semana (algo así como ¡100 anuales!): a eso han reducido al Cabañas. Lo que me lleva a preguntar ¿en qué momento convirtieron al Instituto Cultural Cabañas en un casino, en un salón de banquetes, en un espacio para realizar pachangas? Y, claro, queda para el recuerdo el artículo primero de la Ley Organica del Instituto Cultural Cabañas, que lo define como: «…un organismo público descentralizado […] que tendrá a su cargo la preservación, investigación y divulgación de la obra de José Clemente Orozco». Eso, me imagino, quedará para alguna mejor ocasión.
No de balde los vecinos lo bautizaron «Cabañas Grill».
CABAÑAS GRILL
Transmitido: jueves 22 de octubre 2009
No sé si ya no entiendo lo que está pasando o si dejó de pasar lo que estaba entendiendo, el caso es que cada día entiendo menos. Y creo que no soy el único. ¿Alguien puede explicarme qué es lo que está sucediendo en el mal llamado Instituto Cultural Cabañas? En lo que va del año sólo han programado dos exposiciones, ambas con cierto tufillo aristocratizante: en enero-abril presentaron la colección de un banco gallego —selección bastante mediocre, cuyos highligths eran un Picasso estudiantil y un Dalí infectado de retórica— y ahora nos ofrecen «la oportunidad» de conocer una colección de joyas y chucherías provenientes de la rusia imperial.
Por razones obvias, no considero en este recuento las exposiciones promovidas por otras instancias, como es el caso del Festival Internacional de Cine y las que seguramente se presentarán en un mese más, en el marco de la Feria Internacional del Libro, porque son harina de otro costal. Así tenemos que en un año —que presupuestalmente representa algo así como trece millones de pesos— el Cabañas solo pudo organizar dos exposiciones muy pretenciosas, pero —hay que decirlo— de muy bajos vuelos. Y con el añadido de que ninguna de ellas fue producida por el Cabañas, ya que se limitaron a sumarse como sede en sus respectivas giras internacionales.
Además, resulta que lo más destacado de la exposición del banco gallego no fueron —como señalamos— ni las obras que se presentaron ni su propuesta curatorial, sino el hecho de que en la inauguración se les negara el coctel a quienes no acudieron «vestidos apropiadamente». En cuanto a Fabergé. La visita del Zar, fue inaugurada ya no con un coctel prohibido a los fachosos, sino con una cena para cuatrocientas personas, que después de regodearse admirando la almohada de la gran duquesa Anastasia, pudieron degustar, entre otros platillos, un «crujiente de queso de cabra con jitomates deshidratados y piñón, con escencia de cilantro».
Me parece importante aclarar que Fabergé. La visita del Zar, no es una extensión de la muestra integrada por más de 500 objetos provenientes del Museo del Hermitage, que se presentó a finales del año pasado en el Museo Nacional de Antropología e Historia, bajo el nombre de Zares. Arte y cultura del imperio ruso. No: ahí se mostraron, con un sentido histórico y estético —o sea sin suspiros entre nostálgicos y morbosos por la grandeza del imperio que inventó el gulag—, óleos, tapices, grabados, orfebrería, vestimentas y joyería (incluyendo algunas piezas de Fabergé), representativas de la dinastía Romanov, que gobernó Rusia del siglo XVII a principios del XX.
Pero, regresando al realismo tapatío y contrastando con la escandalosamente pobre actividad museística del Cabañas, los lectores de Público-Milenio del pasado lunes 19, nos enteramos que los vecinos están hasta la madre de los constantes guateques que se realizan en el inmueble patrimonio de la humanidad. Y es que, nos explica uno de ellos, «no pasa una semana sin que haya dos o tres (pachangas)». La queja es básicamente por las molestias que provocan las maniobras de carga y descarga de sillas, mesas y demás implementos, a lo que hay que sumar el ruido y olor de los generadores que instalan sobre la calle General Salazar.
Dos pretensiosas exposiciones y «dos o tres» convites a la semana (algo así como ¡100 anuales!): a eso han reducido al Cabañas. Lo que me lleva a preguntar ¿en qué momento convirtieron al Instituto Cultural Cabañas en un casino, en un salón de banquetes, en un espacio para realizar pachangas? Y, claro, queda para el recuerdo el artículo primero de la Ley Organica del Instituto Cultural Cabañas, que lo define como: «…un organismo público descentralizado […] que tendrá a su cargo la preservación, investigación y divulgación de la obra de José Clemente Orozco». Eso, me imagino, quedará para alguna mejor ocasión.
No de balde los vecinos lo bautizaron «Cabañas Grill».
viernes, 9 de octubre de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
ALEMANIA AL CUADRADO
Transmitido: jueves 08 de octubre 2009
No alcancé a conocer el muro de Berlín. Llegué unos meses tarde, en enero de 1991. Antes, en el periplo de once meses que abarcó de noviembre de 1989 a octubre de 1990, los acontecimientos se sucedieron tan vertiginosamente que modificaron por completo la ciudad. Para cuando llegué, el muro había sido demolido casi en su totalidad: quedaron apenas algunos fragmentos, como es el caso del kilómetro y medio que bautizaron como «East Side Gallery» —así, en inglés—, donde un centenar de pintores plasmaron, en murales desbordados de retórica, su pensamiento sobre lo que ahora les servía de soporte. Lástima: de los grafitis originales, nada.
En septiembre de 1989, el muro —que más que muro era un sofisticado sistema fortificado de seguridad fronteriza— tenía una longitud de 155 kilómetros y rodeaba a Berlín Occidental. Para enero de 1991 solo quedaba una enorme cicatriz que marcaba lo que había sido su trazo: un serpenteante gusano de tierras baldías que cruzaba Berlín, incluso por sus sectores más céntricos. Por ejemplo, la antes de la guerra concurrida y elegante Potsdammer Platz era apenas un terreno yermo, donde se rompía la continuidad de algunas céntricas calles y avenidas. En la actualidad la Potsdammer Platz recobró su importancia, aunque no toda su elegancia original.
Uno de los diarios de mayor circulación en el Berlín de aquellos primeros días de 1991, mantenía una campaña publicitaria con el lema «Berlín es uno» (supongo que cualquier parecido es mera coincidencia). Pero, como seguido les sucede a los publicistas, la realidad los contradecía: la vida cotidiana se desarrollaba en dos pistas, en dos berlines. La antigua capital de la República Democrática Alemana y la ciudad-insignia de la República Federal Alemana, mantenían intactas y operando su infraestructura, sus instituciones, de manera que todo se encontraba por partida doble: museos, zoológicos, aereopuertos, casas de ópera, salas de concierto…
Para un visitante extranjero ávido de la vida cultural de Berlín, aquello era lo más cercano al paraíso. Con el añadido de que estaba a la mano la posibilidad de sumergirse en los contrastes que ofrecían ambos berlines. Pero, independientemente de que me sentía en aquellas calles como perro en carnicería, también resultaba imposible no percatarse de lo difícil que resultaba para los berlineses cruzar esa ya inexistente frontera, que yo con regularidad traspasaba: a pesar de que su presencia física —las paredes de hormigón, las casetas de vigilancia, las alambradas, los reflectores…— había sido eliminada, el muro seguía ahí, tan contundente como el concreto.
Me imagino que hoy, veinte años después, esa frontera mental fue finalmente demolida, como sucedió con el muro. Y que las diferencias entre los Osis —alemanes orientales— y los Wesis —alemanes occidentales— ya no serán tantas y sobre todo tan profundas. Sin embargo, tengo claro que la unificación alemana significó —entre muchas otras cosas— borrar a un país del mapa. Un país, no debemos olvidarlo, cuyos ciudadanos hicieron posible, paradójicamente, la caída del muro. Un país que terminó siendo vendido —en forma de baratijas para turistas— en los puestos callejeros que se instalaban en los alrededores de la Puerta de Brandemburgo.
Todo esto se me vino a la cabeza porque por estos días el Instituto Alemán de Guadalajara organizó una serie de actividades cinematográficas para conmemorar la caída del muro. En lo personal, prefiero recordar los veinte años de aquella formidable revolución pacífica que organizaron los ciudadanos de la extinta República Democrática Alemana, y de sus impresionantes «manifestaciones de los lunes», que se llevaron a cabo de septiembre de 1989 a marzo de 1990 en las afueras de la iglesia de San Nicolás, en Leipzig.
Ahí estuvo el origen. Lo demás, son anécdotas.
ALEMANIA AL CUADRADO
Transmitido: jueves 08 de octubre 2009
No alcancé a conocer el muro de Berlín. Llegué unos meses tarde, en enero de 1991. Antes, en el periplo de once meses que abarcó de noviembre de 1989 a octubre de 1990, los acontecimientos se sucedieron tan vertiginosamente que modificaron por completo la ciudad. Para cuando llegué, el muro había sido demolido casi en su totalidad: quedaron apenas algunos fragmentos, como es el caso del kilómetro y medio que bautizaron como «East Side Gallery» —así, en inglés—, donde un centenar de pintores plasmaron, en murales desbordados de retórica, su pensamiento sobre lo que ahora les servía de soporte. Lástima: de los grafitis originales, nada.
En septiembre de 1989, el muro —que más que muro era un sofisticado sistema fortificado de seguridad fronteriza— tenía una longitud de 155 kilómetros y rodeaba a Berlín Occidental. Para enero de 1991 solo quedaba una enorme cicatriz que marcaba lo que había sido su trazo: un serpenteante gusano de tierras baldías que cruzaba Berlín, incluso por sus sectores más céntricos. Por ejemplo, la antes de la guerra concurrida y elegante Potsdammer Platz era apenas un terreno yermo, donde se rompía la continuidad de algunas céntricas calles y avenidas. En la actualidad la Potsdammer Platz recobró su importancia, aunque no toda su elegancia original.
Uno de los diarios de mayor circulación en el Berlín de aquellos primeros días de 1991, mantenía una campaña publicitaria con el lema «Berlín es uno» (supongo que cualquier parecido es mera coincidencia). Pero, como seguido les sucede a los publicistas, la realidad los contradecía: la vida cotidiana se desarrollaba en dos pistas, en dos berlines. La antigua capital de la República Democrática Alemana y la ciudad-insignia de la República Federal Alemana, mantenían intactas y operando su infraestructura, sus instituciones, de manera que todo se encontraba por partida doble: museos, zoológicos, aereopuertos, casas de ópera, salas de concierto…
Para un visitante extranjero ávido de la vida cultural de Berlín, aquello era lo más cercano al paraíso. Con el añadido de que estaba a la mano la posibilidad de sumergirse en los contrastes que ofrecían ambos berlines. Pero, independientemente de que me sentía en aquellas calles como perro en carnicería, también resultaba imposible no percatarse de lo difícil que resultaba para los berlineses cruzar esa ya inexistente frontera, que yo con regularidad traspasaba: a pesar de que su presencia física —las paredes de hormigón, las casetas de vigilancia, las alambradas, los reflectores…— había sido eliminada, el muro seguía ahí, tan contundente como el concreto.
Me imagino que hoy, veinte años después, esa frontera mental fue finalmente demolida, como sucedió con el muro. Y que las diferencias entre los Osis —alemanes orientales— y los Wesis —alemanes occidentales— ya no serán tantas y sobre todo tan profundas. Sin embargo, tengo claro que la unificación alemana significó —entre muchas otras cosas— borrar a un país del mapa. Un país, no debemos olvidarlo, cuyos ciudadanos hicieron posible, paradójicamente, la caída del muro. Un país que terminó siendo vendido —en forma de baratijas para turistas— en los puestos callejeros que se instalaban en los alrededores de la Puerta de Brandemburgo.
Todo esto se me vino a la cabeza porque por estos días el Instituto Alemán de Guadalajara organizó una serie de actividades cinematográficas para conmemorar la caída del muro. En lo personal, prefiero recordar los veinte años de aquella formidable revolución pacífica que organizaron los ciudadanos de la extinta República Democrática Alemana, y de sus impresionantes «manifestaciones de los lunes», que se llevaron a cabo de septiembre de 1989 a marzo de 1990 en las afueras de la iglesia de San Nicolás, en Leipzig.
Ahí estuvo el origen. Lo demás, son anécdotas.
viernes, 31 de julio de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
SE HACEN REFORMAS A LA MEDIDA
Transmitido: jueves 30 de julio 2009
La receta que los políticos aplican cuando se ven obligados a destituir a un funcionario por «inoperante» o cualquier otro motivo, es clara: si se trata de un cuate —de alguien a quien hay que cobijar— se le otorga un nombramiento en una dependencia distinta y asunto arreglado: el sujeto se lleva discretamente su «inoperancia» a otra parte sin salir de la nómina. Aunque no lo crean, hay quien no entiende estas sencillas reglas. Está el caso del funcionario que después de ser despedido, propuso —sin sonrojarse siquiera— que en lugar de correrlo, mejor lo trasladen, con todo y oficina, atribuciones y personal, a otra dependencia.
El 14 de julio, Alejandro Cravioto, en su carácter de Secretario de Cultura, informó a la prensa la determinación de cesar al Director General de Actividades Culturales, Santiago Baeza, calificando su actuación como «inoperante», ya que durante su permanencia en el cargo, se había mostrado «incapaz de presentar proyectos sustentables». Aclaró que el asunto se había cocinado en las altas esferas gubernamentales hacía por lo menos tres semanas. A la pregunta de a partir de cuándo se haría efectiva la destitución, el Secretario no hizo mayores precisiones, por lo que automáticamente la convirtió en algo así como un despido Montesori.
La reacción de Baeza fue inmediata. El mismo día 14 expresó a la prensa su inconformidad y —en lo que fue una muy gráfica demostración de algunos de los probables porqués fue cesado (indisciplina, falta de tacto y de espíritu de equipo)— arremetió contra el Secretario, todavía su jefe formal, con un rosario de calificativos insultantes. Y fue más allá al arriesgar una teoría para explicar su cese: «se trata —dijo— de un reposicionamiento de la extrema derecha en el gobierno». Y ya en plan de politólogo añadió, «es un ajuste de cuentas del mismo grupo de extremistas que pretende tomar el control del partido a través de manifestaciones porriles».
El 22 de julio Baeza continuó su monólogo al mandar, a través de Público-Milenio, una especie de cartita al Niño Dios disfrazada de reportaje, donde —además de subrayar el carácter Montesori de su despido al asegurar «no voy a presentar mi renuncia»— dió a conocer sus deseos. Su petición consiste en que no lo cesen, sino que trasladen con todo y chivas la Dirección General de Actividades Culturales —con él a la cabeza, por supuesto— de la Secretaría de Cultura a la de Turismo y asunto arreglado. En resumen, lo que Santiago pide es que se haga una reforma al Estado con el propósito de conservar su chamba.
Desde mi humilde punto de vista, la solución al problema salarial de Baeza es más sencilla: basta con que le expidan un nombramiento en la Secretaría de Turismo y a otra cosa. Eso, claro está, si el Secretario del ramo está dispuesto a recibir a un funcionario obviamente indisciplinado y falto de tacto y de espíritu de equipo. Lo otro es francamente descabellado: primero habría que consensar si la reforma es pertinente —si la estructura orgánica del gobierno estatal la requiere— y después reformar la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo del Estado, la Ley del Presupuesto de Egresos y quién sabe cuántas cosas más. ¿No les parece demasiado?
Ahora que en estos tiempos todo es posible. Ya ven que el Ayuntamiento de Guadalajara inventó la remodelación del camellón de Chapultepec para darle chamba a Claudio Sáinz. Por su parte, Baeza tiene otras salidas, aunque fuera del presupuesto: podría, por ejemplo, iniciar su carrera de escultor o dedicarse a dictar sus memorias, donde nos relataría cómo fue que logró la hazaña de contener a la ultraderecha en su intento por apropiarse de la Secretaría de Cultura y otros asuntos de interés.
Y también, en qué preciso momento se percató de que la ultraderecha era parte de la administración donde él colaboraba.
SE HACEN REFORMAS A LA MEDIDA
Transmitido: jueves 30 de julio 2009
La receta que los políticos aplican cuando se ven obligados a destituir a un funcionario por «inoperante» o cualquier otro motivo, es clara: si se trata de un cuate —de alguien a quien hay que cobijar— se le otorga un nombramiento en una dependencia distinta y asunto arreglado: el sujeto se lleva discretamente su «inoperancia» a otra parte sin salir de la nómina. Aunque no lo crean, hay quien no entiende estas sencillas reglas. Está el caso del funcionario que después de ser despedido, propuso —sin sonrojarse siquiera— que en lugar de correrlo, mejor lo trasladen, con todo y oficina, atribuciones y personal, a otra dependencia.
El 14 de julio, Alejandro Cravioto, en su carácter de Secretario de Cultura, informó a la prensa la determinación de cesar al Director General de Actividades Culturales, Santiago Baeza, calificando su actuación como «inoperante», ya que durante su permanencia en el cargo, se había mostrado «incapaz de presentar proyectos sustentables». Aclaró que el asunto se había cocinado en las altas esferas gubernamentales hacía por lo menos tres semanas. A la pregunta de a partir de cuándo se haría efectiva la destitución, el Secretario no hizo mayores precisiones, por lo que automáticamente la convirtió en algo así como un despido Montesori.
La reacción de Baeza fue inmediata. El mismo día 14 expresó a la prensa su inconformidad y —en lo que fue una muy gráfica demostración de algunos de los probables porqués fue cesado (indisciplina, falta de tacto y de espíritu de equipo)— arremetió contra el Secretario, todavía su jefe formal, con un rosario de calificativos insultantes. Y fue más allá al arriesgar una teoría para explicar su cese: «se trata —dijo— de un reposicionamiento de la extrema derecha en el gobierno». Y ya en plan de politólogo añadió, «es un ajuste de cuentas del mismo grupo de extremistas que pretende tomar el control del partido a través de manifestaciones porriles».
El 22 de julio Baeza continuó su monólogo al mandar, a través de Público-Milenio, una especie de cartita al Niño Dios disfrazada de reportaje, donde —además de subrayar el carácter Montesori de su despido al asegurar «no voy a presentar mi renuncia»— dió a conocer sus deseos. Su petición consiste en que no lo cesen, sino que trasladen con todo y chivas la Dirección General de Actividades Culturales —con él a la cabeza, por supuesto— de la Secretaría de Cultura a la de Turismo y asunto arreglado. En resumen, lo que Santiago pide es que se haga una reforma al Estado con el propósito de conservar su chamba.
Desde mi humilde punto de vista, la solución al problema salarial de Baeza es más sencilla: basta con que le expidan un nombramiento en la Secretaría de Turismo y a otra cosa. Eso, claro está, si el Secretario del ramo está dispuesto a recibir a un funcionario obviamente indisciplinado y falto de tacto y de espíritu de equipo. Lo otro es francamente descabellado: primero habría que consensar si la reforma es pertinente —si la estructura orgánica del gobierno estatal la requiere— y después reformar la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo del Estado, la Ley del Presupuesto de Egresos y quién sabe cuántas cosas más. ¿No les parece demasiado?
Ahora que en estos tiempos todo es posible. Ya ven que el Ayuntamiento de Guadalajara inventó la remodelación del camellón de Chapultepec para darle chamba a Claudio Sáinz. Por su parte, Baeza tiene otras salidas, aunque fuera del presupuesto: podría, por ejemplo, iniciar su carrera de escultor o dedicarse a dictar sus memorias, donde nos relataría cómo fue que logró la hazaña de contener a la ultraderecha en su intento por apropiarse de la Secretaría de Cultura y otros asuntos de interés.
Y también, en qué preciso momento se percató de que la ultraderecha era parte de la administración donde él colaboraba.
jueves, 16 de julio de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
¿FUSIÓN O DISFUNCIÓN?
Transmitido: jueves 16 de junio 2009
Hace algunos días estuvieron en Señales de Humo un par de funcionarios de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. Fue entonces que me enteré que el ensamble tiene un gerente de marketing, así en inglés. Y me pregunté ¿sabrán éstos lo que es el tal marketing o nomás le pusieron el nombre porque les sonaba elegante, pegador y glamoroso? La Coca Cola, Nokia y Sony tienen sus departamentos de marketing donde desarrollan un trabajo muy sofisticado que consume presupuestos inimaginables. Así que ¿un presupuesto que apenas alcanza para unos pocos desplegados en algunos diarios y unos cuantos spots de radio alcanza para hacer marketing?
Pero, más allá de la ridícula pretensión de hacer pasar una oficina de comunicación institucional por un departamento de marketing, la entrevista ofreció algunos temas para reflexión. Además del encargado de propaganda, acudió también el gerente administrativo. Lo curioso es que ambos funcionarios no vinieron a hablar de detalles administrativos o de mercadeo, que son sus áreas de trabajo. No. Vinieron a defender el proyecto artístico —si es que así podemos llamarle sin que suene a ironía— de convertir, por la vía de la fusión, a la Orquesta Filarmónica de Jalisco, en algo muy parecido a una orquesta versátil, como las hay tantas y tan buenas.
Las preguntas que se nos vineron a la mente, más allá de si estamos de acuerdo o no en mantener una Filarmónica para realizar el papel de orquesta versátil, son ¿si se trataba de hablar de un proyecto artístico, porqué vinieron el administrador y el mercadólogo y no el director artístico? ¿Acaso el director artístico no tiene argumentos para defender su «novedoso» concepto de orquesta? ¿O será que los criterios artísticos del grupo institucional más costoso del Estado de Jalisco están en manos del administrador y el encargado de los desplegados? Ahora que también queda la posibilidad de que al director artístico le dió flojera levantarse temprano.
El caso es que los encargados de facto de la Orquesta nos informaron de su novedoso programa para «atraer nuevos públicos». En lo personal, debo decirles que no me parece muy inteligente, pero ustedes dirán: el programa consiste en que el organismo que mantenemos con nuestros impuestos para promover y difundir la música sinfónica, dejará de hacer el trabajo para el que fue creado, a fin de dedicarse a géneros musicales más del gusto de la masa, y así tener más público. Ingenuo que soy, hubiera pensado que la cosa era exactamente al revés: ¿no debería tratarse de que más gente escuche la música de Mozart, Brahms, Mahler o Schönberg?
Hace ya demasiados años, otros genios iniciaron un programa con similares objetivos y argumentos: se trataba de que la orquesta, en lugar de interpretar la sexta de Bruckner, se integrara a uno o varios mariachis a fin de armar algo así como un «mariachi sinfónico». Después de más de diez años de «galas de mariachi», hasta ahora nadie nos ha informado si la orquesta consiguió «atraer nuevos públicos», o si, ya de perdida vendió un triste boleto de palcos terceros en uno de sus conciertos regulares. Si los encargados de la orquesta estuvieran en lo suyo, habrían analizado esta experiencia y se habrían percatado de que no es por ahí el asunto.
Pero, están tan complacidos de los resultados —al parecer finalmente pudieron llenar la luneta— que no han visto los costos. Y, peor aún, la idea puede extenderse y convertir la fusión en el signo de la política cultural del Estado. A este nivel, el siguiente paso de los genios del marketing para «atraer nuevos públicos», podría ser, por ejemplo, organizar un tabledance en la capilla del Cabañas, con los murales de Orozco como fondo. O quién sabe qué otra perversión se les pueda ocurrir.
Por lo pronto, me quedo con el comentario de una integrante del «nuevo público» de la Orquesta, que después del concierto circense del viernes, externó su impresión diciendo: «¡el director está bien botana!».
¿FUSIÓN O DISFUNCIÓN?
Transmitido: jueves 16 de junio 2009
Hace algunos días estuvieron en Señales de Humo un par de funcionarios de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. Fue entonces que me enteré que el ensamble tiene un gerente de marketing, así en inglés. Y me pregunté ¿sabrán éstos lo que es el tal marketing o nomás le pusieron el nombre porque les sonaba elegante, pegador y glamoroso? La Coca Cola, Nokia y Sony tienen sus departamentos de marketing donde desarrollan un trabajo muy sofisticado que consume presupuestos inimaginables. Así que ¿un presupuesto que apenas alcanza para unos pocos desplegados en algunos diarios y unos cuantos spots de radio alcanza para hacer marketing?
Pero, más allá de la ridícula pretensión de hacer pasar una oficina de comunicación institucional por un departamento de marketing, la entrevista ofreció algunos temas para reflexión. Además del encargado de propaganda, acudió también el gerente administrativo. Lo curioso es que ambos funcionarios no vinieron a hablar de detalles administrativos o de mercadeo, que son sus áreas de trabajo. No. Vinieron a defender el proyecto artístico —si es que así podemos llamarle sin que suene a ironía— de convertir, por la vía de la fusión, a la Orquesta Filarmónica de Jalisco, en algo muy parecido a una orquesta versátil, como las hay tantas y tan buenas.
Las preguntas que se nos vineron a la mente, más allá de si estamos de acuerdo o no en mantener una Filarmónica para realizar el papel de orquesta versátil, son ¿si se trataba de hablar de un proyecto artístico, porqué vinieron el administrador y el mercadólogo y no el director artístico? ¿Acaso el director artístico no tiene argumentos para defender su «novedoso» concepto de orquesta? ¿O será que los criterios artísticos del grupo institucional más costoso del Estado de Jalisco están en manos del administrador y el encargado de los desplegados? Ahora que también queda la posibilidad de que al director artístico le dió flojera levantarse temprano.
El caso es que los encargados de facto de la Orquesta nos informaron de su novedoso programa para «atraer nuevos públicos». En lo personal, debo decirles que no me parece muy inteligente, pero ustedes dirán: el programa consiste en que el organismo que mantenemos con nuestros impuestos para promover y difundir la música sinfónica, dejará de hacer el trabajo para el que fue creado, a fin de dedicarse a géneros musicales más del gusto de la masa, y así tener más público. Ingenuo que soy, hubiera pensado que la cosa era exactamente al revés: ¿no debería tratarse de que más gente escuche la música de Mozart, Brahms, Mahler o Schönberg?
Hace ya demasiados años, otros genios iniciaron un programa con similares objetivos y argumentos: se trataba de que la orquesta, en lugar de interpretar la sexta de Bruckner, se integrara a uno o varios mariachis a fin de armar algo así como un «mariachi sinfónico». Después de más de diez años de «galas de mariachi», hasta ahora nadie nos ha informado si la orquesta consiguió «atraer nuevos públicos», o si, ya de perdida vendió un triste boleto de palcos terceros en uno de sus conciertos regulares. Si los encargados de la orquesta estuvieran en lo suyo, habrían analizado esta experiencia y se habrían percatado de que no es por ahí el asunto.
Pero, están tan complacidos de los resultados —al parecer finalmente pudieron llenar la luneta— que no han visto los costos. Y, peor aún, la idea puede extenderse y convertir la fusión en el signo de la política cultural del Estado. A este nivel, el siguiente paso de los genios del marketing para «atraer nuevos públicos», podría ser, por ejemplo, organizar un tabledance en la capilla del Cabañas, con los murales de Orozco como fondo. O quién sabe qué otra perversión se les pueda ocurrir.
Por lo pronto, me quedo con el comentario de una integrante del «nuevo público» de la Orquesta, que después del concierto circense del viernes, externó su impresión diciendo: «¡el director está bien botana!».
viernes, 3 de julio de 2009
AVELINO SORDO VILCHIS
BOTAR CON BE GRANDE
Transmitido: Jueves 02 de julio 2009
El domingo voy a ir a votar. Desde que cumplí 18 he acudido a las urnas sin faltar ninguna vez. A lo largo de mi vida he votado por muchas personas, aunque por pocos partidos, y me ha pasado de todo. En el proceso electoral de 1976 voté por una persona que no aparecía en la boleta: Valentín Campa, poco después el Partido Comunista Mexicano consiguió su registro. En 1988 voté por Cuauhtémoc Cárdenas y se calló el sistema. En las elecciones de 2003 anulé la boleta por primera vez: ninguno de los candidatos a Presidente Municipal de Guadalajara me pareció bueno y ejercí el derecho de negarles mi voto.
Votar por el «menos malo» no me parece que sea opción, más bien me suena a imposición. Díganme si no mis dos amables radioescuchas: ¿se someterían a una operación en el cerebro a sabiendas que el cirujano que la realizará es el «menos malo»? ¿Permitirían que cualquier maistro, por supuesto que el «menos malo», desarmara la caja de cambios de su Ferrari? Yo no. Además, lo menos que pueden —y deben— hacer los partidos políticos, que por cierto nosotros mantenemos, es presentar candidatos que claramente tengan la capacidad de realizar la tarea a la que aspiran. No los parientes, no los cuates, no los cómplices: personas capaces.
El domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos. Voy a botar a los candidatos que tengo claro no me van a representar. Y es mi derecho. Sólo que en esta ocasión mis boletas anuladas van a tener un nuevo significado: se van a sumar a muchas otras —¿miles? ¿decenas de miles? ¿cientos de miles? ¿millones?— en un acto de rechazo a una clase política mediocre, mezquina y abusiva. Se trata de sólo un llamado de atención —un buen jalón de orejas— porque tengo claro que los votos anulados carecen de consecuencias jurídicas, que no forman gobierno. Pero también sé que tienen un valor político.
Ir a la casilla y anular las boletas es votar. Por nadie, pero votar. Ante el crecimiento del fenómeno anulacionista, parece que los políticos de todos los colores se pusieron de acuerdo y les ha dado por hablar —taimados que son— de «abstención», cuando en realidad se están refiriendo a «anulación», que son dos cosas distintas y ellos lo saben perfectamente. Anular el voto de ninguna manera significa buscar la desaparición del sistema de partidos o un rechazo a la democracia. Pienso que es exactamente lo contrario: aquí y ahora anular mis votos es un acto político que además busca hacer avanzar a nuestra tullida democracia.
El domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos. Y no es que piense que todos los políticos son iguales. No: tengo claro que hay unos más iguales que otros, el problema es que los mediocres, los mezquinos y los abusivos tienen copada la casa. Y aquello hasta parece concurso. Por otra parte, es perfectamente natural que el «anulacionismo» no tenga un programa o pliego petitorio definido o uniforme, pues se trata de una reacción ciudadana que incluye todas las tendencias y colores y que no busca el poder, sino llamar la atención de los políticos al hecho de que no están haciendo bien su trabajo, de que no nos están representando.
Es también muy claro, después de más de dos meses de campaña, que el movimiento anulacionista —a pesar de su desarticulación, dispersión y presencia difusa— puede presumir que cuenta con un muy importante y democrático logro, que los partidos —a pesar de su articulado, afinadísimo y grosero empleo de millones de pesos y spots— están muy lejos de igualar: el asunto de la anulación del voto está, aquí y ahora, en el centro del debate nacional.
Por lo pronto, el domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos.
BOTAR CON BE GRANDE
Transmitido: Jueves 02 de julio 2009
El domingo voy a ir a votar. Desde que cumplí 18 he acudido a las urnas sin faltar ninguna vez. A lo largo de mi vida he votado por muchas personas, aunque por pocos partidos, y me ha pasado de todo. En el proceso electoral de 1976 voté por una persona que no aparecía en la boleta: Valentín Campa, poco después el Partido Comunista Mexicano consiguió su registro. En 1988 voté por Cuauhtémoc Cárdenas y se calló el sistema. En las elecciones de 2003 anulé la boleta por primera vez: ninguno de los candidatos a Presidente Municipal de Guadalajara me pareció bueno y ejercí el derecho de negarles mi voto.
Votar por el «menos malo» no me parece que sea opción, más bien me suena a imposición. Díganme si no mis dos amables radioescuchas: ¿se someterían a una operación en el cerebro a sabiendas que el cirujano que la realizará es el «menos malo»? ¿Permitirían que cualquier maistro, por supuesto que el «menos malo», desarmara la caja de cambios de su Ferrari? Yo no. Además, lo menos que pueden —y deben— hacer los partidos políticos, que por cierto nosotros mantenemos, es presentar candidatos que claramente tengan la capacidad de realizar la tarea a la que aspiran. No los parientes, no los cuates, no los cómplices: personas capaces.
El domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos. Voy a botar a los candidatos que tengo claro no me van a representar. Y es mi derecho. Sólo que en esta ocasión mis boletas anuladas van a tener un nuevo significado: se van a sumar a muchas otras —¿miles? ¿decenas de miles? ¿cientos de miles? ¿millones?— en un acto de rechazo a una clase política mediocre, mezquina y abusiva. Se trata de sólo un llamado de atención —un buen jalón de orejas— porque tengo claro que los votos anulados carecen de consecuencias jurídicas, que no forman gobierno. Pero también sé que tienen un valor político.
Ir a la casilla y anular las boletas es votar. Por nadie, pero votar. Ante el crecimiento del fenómeno anulacionista, parece que los políticos de todos los colores se pusieron de acuerdo y les ha dado por hablar —taimados que son— de «abstención», cuando en realidad se están refiriendo a «anulación», que son dos cosas distintas y ellos lo saben perfectamente. Anular el voto de ninguna manera significa buscar la desaparición del sistema de partidos o un rechazo a la democracia. Pienso que es exactamente lo contrario: aquí y ahora anular mis votos es un acto político que además busca hacer avanzar a nuestra tullida democracia.
El domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos. Y no es que piense que todos los políticos son iguales. No: tengo claro que hay unos más iguales que otros, el problema es que los mediocres, los mezquinos y los abusivos tienen copada la casa. Y aquello hasta parece concurso. Por otra parte, es perfectamente natural que el «anulacionismo» no tenga un programa o pliego petitorio definido o uniforme, pues se trata de una reacción ciudadana que incluye todas las tendencias y colores y que no busca el poder, sino llamar la atención de los políticos al hecho de que no están haciendo bien su trabajo, de que no nos están representando.
Es también muy claro, después de más de dos meses de campaña, que el movimiento anulacionista —a pesar de su desarticulación, dispersión y presencia difusa— puede presumir que cuenta con un muy importante y democrático logro, que los partidos —a pesar de su articulado, afinadísimo y grosero empleo de millones de pesos y spots— están muy lejos de igualar: el asunto de la anulación del voto está, aquí y ahora, en el centro del debate nacional.
Por lo pronto, el domingo voy a ir a votar. Y voy a anular mis votos.
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